Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela. Mostrar todas las entradas

24/3/11

Asesinato en el Comité Central


MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, Asesinato en el Comité Central

Alguien ha asesinado a Fernando Garrido, líder del Partido Comunista, y lo ha hecho durante un mitin al que sólo asistían los miembros del partido. Para investigar lo sucedido y dar con el asesino llaman a Pepe Carvalho, detective ex miembro del partido, y éste deberá trasladarse desde Barcelona a Madrid para llevar a cabo su investigación.

Antes de comentar nada hay que admitir que las novelas de Pepe Carvalho son una profundización siempre en los mismos asuntos, sin ofrecer nada nuevo que no supiéramos ya de las novelas anteriores, aunque recreándose en ello. Sabemos ya cómo es Carvalho y casi nada se nos escapa de su personalidad, pero Montalbán insiste de nuevo en relatarnos escenas destinadas, más que a representar su psique, a estas alturas casi ya a darle vida fuera de las páginas, haciéndolo realmente humano, como si cada nueva novela fuera una crónica de un caso en realidad investigado por él.

Por otro lado estas escenas repetidas de novela en novela hacen sentir al personaje más cercano, más propio, para sus seguidores y, al mismo tiempo, permiten a quien lee por primera vez una de sus aventuras poder empezar por cualquiera de ellas. Y este es sin duda el punto más fuerte de Carvalho: su humanidad. Ya dije anteriormente que Carvalho me parece mucho más humano que el detective de Larsson, al que los críticos alaban por esta cualidad (que yo no consigo ver). Carvallo es en verdad humano, con muchas virtudes para su trabajo y muchísimos defectos personales. Él no es el detective fuera de serie capaz de averiguar cualquier cosa, Montalbán parece consciente de que ningún detective puede jugar esa baza después de Sherlock Holmes y no lo hace. De hecho, durante esta aventura en concreto todo el mundo parece tener claro quién es el asesino y la investigación se convierte en una serie de enfrentamientos personales.

A lo que en realidad asistimos en Asesinato en el Comité Central es a la caída de un mito, no sólo del presidente del partido, cuya imagen se irá degradando a medida que transcurran las páginas, sino el del propio Partido Comunista, que de su idealismo fundacional va pasando a un pragmatismo acorde con los tiempos que se viven y que en poco o nada lo diferencia del resto de partidos. Aunque no son ellos los únicos que pierden su espíritu, sino toda la izquierda en general, que se muestra como un movimiento que ha pasado a ser puramente práctico, sin un enemigo real al que enfrentarse, como si su mera existencia sólo tuviera sentido en el conflicto, casi como una ideología de guerra, pero inútil en tiempos de calma. Es de esta manera como una historia policíaca se convierte en una novela política que plantea la crisis de la izquierda española y profundiza en ella buscando sus errores y quizá sus posibles soluciones.

25/2/11

Riña de gatos


EDUARDO MENDOZA, Riña de gatos, Madrid 1936

Hace ya tiempo que leí Riña de gatos y no me había atrevido todavía a reseñarlo pues, a pesar de haberme dejado muy buen sabor de boca, visto después con un poco de perspectiva no sabía muy bien a qué se debía mi visión favorable de la novela. Yo nunca había leído antes un premio planeta, no porque les tenga especial tirria, sino porque sencillamente no lo había leído: no los denuesto pero el premio tampoco me sirve de aliciente para leer el libro (sobre todo para comprarlo). Pero en esta ocasión el premiado era uno de mis autores españoles favoritos, así que no podía dejarlo pasar como había hecho con el resto. Por las venas de Eduardo Mendoza más que sangre corre novela y muy pocas veces me ha decepcionado (de hecho la única novela suya que me dejó un gusto bastante amargo fue La isla inaudita), así que no veía por qué iba a hacerlo ahora. Así que lo compré, lo leí, y de esto hace ya más de un mes.

La novela recuerda superficialmente a sus comienzos con La verdad sobre el caso Savolta, pero una vez superada esta primera capa lo cierto es que nada tiene que ver con aquella. Aquí Mendoza utiliza su habitual prosa ligera aunque con un vocabulario siempre muy preciso (creo que es el único novelista en cuyas novelas encuentro la palabra “parterre” casi por sistema) y con una sintaxis clara y perfecta. También nos ofrece su habitual sentido del humor dirigido al lector avezado por medio de equívocos y un léxico en ocasiones chocante. Nos entrega una novela fluida, que jamás pierde el ritmo, que no recurre a trucos engañosos para sorprender al lector (quizá un poco en la resolución final de la autoría del cuadro), que ataca y defiende en ocasiones a los dos bandos burlándose así de las simpatías “políticas”. Pero nos ofrece sobre todo dos cambios. El primero y más evidente, un cambio de localización: hemos abandonado Barcelona para irnos a Madrid, y para quienes como yo estamos acostumbrados a identificar a mendoza con la ciudad condal esto resulta en ocasiones confuso. El segundo cambio se da en el nivel del narrador, que en las novelas de Mendoza nunca había interferido en la historia para dar opiniones al margen de ésta, y aquí lo hace por primera vez provocando cierta sorpresa.

Me reafirmo en mi opinión de que es una buena novela, aunque ni mucho menos de las mejores de su autor, pero me quedo también con esa duda interna que me produce no poder explicar el porqué de su bondad, salvo por la falta de argumentos para hablar mal de ella, pues no hay ninguna pega que pueda ponérsele.

14/2/11

La sombra del viento


CARLOS RUIZ ZAFÓN, La sombra del viento

Comenzaré exponiendo que la lectura de este libro ha sido ante todo, para mí, un experimento, pues en modo alguno lo he leído, sino que lo he escuchado. Algunas personas me lo habían recomendado con anterioridad y, a pesar de que me llamaba la atención, siempre me había dado bastante pereza enfrentarme a la primera novela para adultos de Ruiz Zafón, hasta que llegó a mis manos un ejemplar ya leído y listo para excuchar, un audiolibro, y decidí disfrutarlo en este tan singular formato para mí. Y la experiencia fue buena. Por supuesto que tuvo algunas pegas; era, por ejemplo, casi imposible echar páginas atrás para revisar algo y, dependiendo del lugar, el ruido ambiente podía resultar molesto para la correcta audición. Sin embargo mi principal preocupación, el hecho de que mi mente volase sin prestar atención a las palabras que la grabación susurraba en mi oído, no llegó a producirse, por lo que ya he tomado la decisión de que su publicitada segunda parte, El juego del ángel, pasará a formar parte de mis conocimientos enciclopédicos mediante este mismo procedimiento.

Una cosa me proporcionó este tipo de “lectura” que nunca podría haber experimentado mediante una de tipo más “tradicional” (entrecomillo tradicional porque tendemos a olvidar que la transmisión literaria ha sido durante mucho tiempo oral, pues hace relativamente poco que todos sabemos leer): el placer de disfrutar de sus “páginas” al tiempo que admiraba las evoluciones del paisaje a través de la ventanilla del tren, pues gran parte de la novela la disfruté durante un viaje a través de la China de veintitrés horas de ida y otras veintitrés de vuelta. Y les aseguro que experimentar la literatura y la naturaleza al mismo tiempo es algo sin duda mágico.

Tras esta breve introducción debería pasar a hablar de la novela en sí misma, a la que me cuesta aceptar como una novela para adultos. Ruiz Zafón viene de la literatura juvenil y eso se nota en La sombra del viento. Incluso me atrevería a aventurar que él comenzara a escribir la historia pensando en su habitual público y cambiara su orientación a medida que ésta se desarrollaba. Es decir, que nació como novela infantil y fue creciendo en edad al tiempo que lo hacía en número de páginas. Digo esto por la ambientación y personajes que acompañan al inicio de la novela, con un protagonista niño dispuesto a correr grandes aventuras en un lugar tan misterioso como puede serlo el cementerio de los libros olvidados, casi mágico, como los que aparecen en todos los libros infantiles, y custodiado por ese guardián-bibliotecario. Porque... ¿Qué es el cementerio de los libros olvidados? ¿Una librería? ¿La biblioteca particular de alguien? ¿Algún tipo de almacén? Lo cierto es que desde un principio se nos muestra como un lugar casi fuera de nuestra realidad, al que sólo unos pocos elegidos tienen acceso, como si fueran miembros de un muy selecto club de cierto misticismo y cuyo conocimiento va heredándose de padres a hijos. El bibliotecario se dedica a eso: a se el bibliotecario del cementerio, que por otro lado parece estar en el lugar más recóndito de Barcelona y no tener financiación alguna. Además hay un pacto de silencio por el que todos aquellos que conozcan la existencia del lugar deben guardar el secreto. Todo esto se sostiene en la fantasía de una novela infantil y así lo aceptamos, pero La sombra del viento se va haciendo más adulta conforme avanza (no demasiado, salvo por algunas escenas de sexo y violencia), y cambia paulatinamente su argumento de fantasía juvenil por otro histórico y detectivesco más propio de los best-sellers actuales. Pero dentro de todo este mundo mucho más realista se mantiene el cementerio como un resto de lo que la novela había empezado siendo, lo cual crea situaciones no del todo verosímiles.

Pero el gran acierto de La sombra del viento es su mezcla de elementos, dispuestos al estilo de una novela de folletín, con multitud de picos y aplazamientos en la trama. Ahí dentro se mezclan una historia de misterio, con una narración histórica, con dramas familiares y amorosos, que en ocasiones merecerían haber sido escritos por el propio Dumas.

No es una gran novela pero sí una buena novela. Zafón ha sabido ver los vicios y defectos de los lectores “adultos” actuales y les ha sabido sacar partido en un libro que me atrevería a llamar de adoctrinamiento literario. Me explico. Dumas, Tolstoi, Wilde... los clásicos, en fin, son desplazdos hoy en día por el público adulto en favor de una literatura ligera de best-seller con volátiles tramas pseudohistóricas y una literatura infantil “con mucha letra” y en ocasiones bastante pobre. Vamos, que a los lectores actuales les gusta que les hablen como a niños. Zafón, conocedor de la literatura infantil, pues es uno de sus autores, hace uso de sus conocimientos y valiéndose de ese tirón arrastra al lector hacia el mundo del folletín, “educando” así sus gustos. Si el lector de J. K. Rowling es carne de cañón para Stephenie Meyer (sí, comprendo la ironía de esto) y más adelante para Dan Brown, el paso lógico tras La sombra del viento son Dumas y sus coetáneos.

Repito que no pasa de ser una novela más, pero una que arranca un soplo de aire fresco para la narrativa de best-seller, llevándola por caminos mucho más dignos de los que habitualmente transita y, lo más importante, llevando a sus lectores a mucho más recomendables puertos.

1/2/11

Perder teorías


ENRIQUE VILA-MATAS, Perder teorías

Quizá no hay sido la manera más apropiada comenzar a leer a Enrique Vila-Matas por este título, pero así ha sucedido, de modo que pediré disculpas de antemano a los profundos conocedores del mundo literario, que yo desconozco por completo, de este novelista, si digo algo ajeno a su literatura que pueda ser tenido por una metedura de pata monumental.

Hace un par de meses Enrique Vila-Matas estuvo en Pamplona presentando su nueva “novela” Perder Teorías. Allí dio un pequeño discurso plagado de errores gramaticales bastante abundantes hoy en día, que me hicieron echarme atrás en buena medida en mi decisión de leer por fin algo de este señor (ya rondaba por mi cabeza entonces leer su última novela, Dublinesca, a la que aún no me he acercado). A esta impresión se añadió la “extraña” sintaxis utilizada en el título del libro, aunque he de reconocer que, en un inexplicable proceso mental, quizá eso haya influido en la decisión final de leerlo.

Perder Teorías es un falso (o así me lo parece) episodio biográfico del señor Vila-Matas en la ciudad de Lyon, a donde ha ido como participante en un simposio internacional. Una vez allí, va a la habitación de su hotel y se queda allí esperando a que los organizadores del evento se pongan en contacto con él, mientras su mente empieza a divagar sobre lo que debería ser una teoría general de la novela.

La prosa utilizada en esta novelita metaliteraria es extremadamente sencilla, cosa que se adapta muy bien a su clara intención de centrar la atención sobre las ideas y no sobre la historia ni la forma, aunque al mismo tiempo lo que defiende es la supremacía de la forma sobre la historia como razón de ser de la novela, y tampoco renuncia a varios giros novelescos (esto es, de historia), entre los que destaca ese final en el que el protagonista esquiva a sus mecenas. Queda claro, pues, que en estas breves páginas priman los contrastes, que niegan inmediatamente con los “actos” lo que acaba de ser dicho con las palabras. Mediante esta pequeña historia encaminada a aumentar la leyenda de “bicho raro” de Vila-Matas en la que él parece sentirse bastante a gusto, extrae cinco máximas que, considera, son las de deben regir toda novela (no las escribiré porque considero que tiene más interés leer la novela y por tanto el proceso por el que se llega a ellas). Esas máximas son las que aplicará a su próxima novela, dice, tratando de mezclarse lo más posible con su personaje, que sin lugar a dudas es Dublinesca, así que parece que no me quedará otro remedió que leerla para ver en qué acaba todo esto.

Una cosa al menos ha hecho extraordinariamente bien el autor en esta última incursión literaria, aunque por lo que dijo en Pamplona eso se lo debemos más bien a su nueva editorial, y es que haya publicado estos dos títulos por separado, creando así cierto juego literario que obliga a volver sobre la novela tras haber leído el tratado, para buscar, como buenos investigadores, en ella las cinco máximas que toda novela moderna debe cumplir.

1/12/10

El maestro de esgrima


ARTURO PÉREZ-REVERTE, El maestro de esgrima

Ha sido una grata experiencia el redescubrir por qué Pérez-Reverte, en mi memoria, era un gran novelista. Siempre digo que sus últimas novelas adolecen de una preocupante columnización, con mucho insulto rimbombante y mucha frasecilla ingeniosa, pero sin un discurrir de una historia al que agarrarse. Para mí el principio del fin lo supuso La carta esférica, que si bien no muestra esto que acabo de decir, es el primer paso para que ese repetido personaje suyo curtido en mil batallas comenzara a convertirse en una caricatura de sí mismo, defecto que alcanza su plenitud en El pintor de batallas, y que ha terminado por alcanzar, en sus últimas novelas, al Capitán Alatriste, e incluso al propio Reverte, traspasando las barreras del papel. Por otro lado, con el reino de la frasecilla ingeniosa y más bien ninguna historia que contar yo me di de bruces en Cabo Trafalgar (aunque ya apuntaba maneras en El sol de Breda). Advierto que no he leído ni Un día de cólera ni El asalto, al menos no de momento, porque temo encontrar ahí más de lo mismo.

Así que entenderán mi sorpresa al leer, por fin, una novela como esta de manos de su autor. Lo primero que asombra, y más en el cúmulo de despropósitos que suele ser a este respecto la novela actual (hablo de la consabida por todos, pues, por fortuna, sigue habiendo grandes narradores), es que en El maestro de esgrima nada sobra, cada frase tiene su razón de ser en la historia, lo que hace que el lector pueda, si lee con atención, ir figurándose cómo acabará la aventura, aunque manteniendo la obligatoria sombra de duda para no sacrificar los debidos tensión y misterio. También las tertulias políticas del café, que al principio parecen molestarnos pues entorpecen la narración de la historia del maestro y su pupila, que es lo que nos interesa, son necesarias para dar cabida a lo que surgirá cuando el marco de la historia se habra. A Javier Marías, soberano al que sirve el "Duke of Corso", siempre le han preguntado, debido al complejísimo discurso literario de sus novelas, si tiene un esquema preciso que seguir de toda la novela antes de comenzar a escribirla, a lo que él siempre responde que nunca escribiría una novela en la que ya supiera todo lo que va a ocurrir, pues eso sería aburridísimo (ya lo hizo una vez con un cuento, asegura, y deseaba acabarlo lo antes posible pues no le gustó nada la experiencia). Reverte en ocasiones ha sugerido cosas parecidas, aunque resulta difícil creer que, en el caso que nos ocupa, no conociera al menos el final de su historia para poder orquestarlo todo a su alrededor con tanta eficacia. Incluso, sin renunciar a este mecanismo casi de relojería, se permite el lujo de ir dejándonos reflexiones sobre la época que nos ha tocado vivir.

Jaime Astarloa es el solitario protagonista de esta a ventura y, a pesar de parecer sacado de otra época (incluso para la narrada en la novela), con todas las virtudes que hoy en día serían vistas como defectos, consigue arrancar nuestras simpatías. Sobre todo porque se contrasta perfectamente con el resto de personajes, pertenecientes todos a una sociedad corrupta en al que la política no pasa de ser una profusa palabrería para lucrarse (¿les suena de algo?), y donde incluso el que tiene los ideales más nobles (sangrientos pero nobles, al fin y al cabo) es de inmediato corrompido al más mínimo contacto con el poder. Y claro, ante este panorama la otra opción es identificarse con esa corrupta clase política, cosa que a nadie agrada, sobre todo en este preciso momento en el que ese discurso vuelve a ser tan actual, sin distinguir clases ni colores.

Por otro lado, el aspecto negativo está (como siempre) en el personaje femenino que sirve de contrapunto al protagonista, construido una vez más a base de tópicos y del todo vacío de contenido: hermosa, misteriosa y malvada. Lo hemos visto antes con el nombre de Angélica de Alquézar, Tánger Soto o Teresa Mendoza. Realmente es lo único que le falta a esta novela para ser del todo redonda. ¡Ah! Y en la solapa sale la foto de Reverte afeitado y con gafas, que siempre viste más que ese académico barbudo que se ha colado en sus últimas novelas.

17/11/10

El mágico aprendiz


LUIS LANDERO, El mágico aprendiz

El mágico aprendiz resulta una casi hipnótica novela para aquellos que gustan de las habilidades narrativas de Luis Landero. En ella, Matías Moro, un oficinista madrileño, apocado y sin más ambiciones que terminar cada tarde su jornada laboral para regresar a su casa y ver desde su sofá las películas que se emiten en la tele, se ve envuelto en una serie de sucesos que lo superan. En una noche de insomnio en la que sale a comprar tabaco conocerá, debido a un crimen sucedido en ese momento en un edificio situado en su trayecto al bar, a sus inquilinos olvidados por el mundo y, entre ellos, se enamorará de una joven llamada Martina. En un segundo momento, iniciará un negocio con el fin de sacar de su mala vida a aquellas personas y, de paso, conquistar a Martina con sus nuevas virtudes de hombre de negocios.

Matías parece una especie de alter ego del protagonista de la primera novela de Landero: Gregorio Olías, alias Faroni. Si Gregorio era un oficinista sin futuro, un tanto apesadumbrado por los sueños de grandeza que nunca había llevado a cabo, Matías en cambio nunca tuvo esos sueños, aunque en ocasiones se vea acosado por el fantasma de lo que pudo haber sido; es más, cuando tiene la posibilidad de conseguir algo grande, se descubre a sí mismo suspirando por la tranquilidad que siempre ha tenido su vida.

Todo este panorama trágico está representado con un humor constante que se sirve del ridículo de las situaciones planteadas y de lo absurdo de los procesos mentales con los que el protagonista juzga todo lo que lo rodea. En realidad todo el problema que envuelve a Matías con respecto a Martina y a los habitantes de aquel ruinoso edificio existe tan sólo en su cabeza, y en ella se va desarrollando mediante razonamientos que rozan lo absurdo y que nos hacen asistir, como lectores, a una historia sin historia, que en su segunda parte desembocará, por la incapacidad del protagonista para ponerle freno, en la aventura empresarial. Algo parecido a lo que ya sucedía en Juegos de la edad tardía, aunque si bien allí se partía de cierto desasosiego para llegar a una especie de paz después del embrollo, aquí se parte de la relativa paz para encaminarse hacia la tragedia. Porque estamos ante una tragedia (en ningún momento de la lectura hay dudas con respecto a ello). Escrita en clave de comedia pero una tragedia a fin de cuentas, en la que unos personajes apocados se enfrentan a su destino social, buscando ascender pero sin lograrlo, algo así como un grupo de “buscones”, pero que en este caso gozan de nuestra simpatía en lugar de padecer nuestra mirada burlona como sucedía en la obra de Quevedo, en la que Pablos aparecía como un ser malicioso que trataba de corromper el sistema. Y, como sucedía en la novela del XVII, chocarán con el orden establecido que no les dejará alcanzar sus objetivos, aunque en este caso sea ese orden el corrupto.

La novela sin embargo, a pesar de su calidad, resulta pesada en ocasiones, pues todo cuanto sucede en ella es excesivamente razonado. Quizá ese sea el único defecto que pueda achacársele: Landero se ha deleitado tanto en su excelente prosa que a veces exige demasiada atención por parte de su lector, ofreciéndonos una novela más densa, en lo que a retórica se refiere, de lo que acostumbra e igualmente brillante.

8/11/10

La tesis de Nancy


RAMÓN J. SENDER, La tesis de Nancy

Ha resultado extraño leer este libro en las circunstancias en las que me encuentro, y más extraño resultará decir algo sobre él. Nancy es una tesinanda de viaje por Andalucía, puesto que el tema de su tesis es algo así como la cultura española. A lo largo de su viaje iniciático por el misterioso mundo ibérico irá recopilando información y juzgándola para que sea entendida por sus compatriotas californianos. Huelga decir que la mayoría de sus juicios serán del todo erróneos, tanto en lo que se refiere a los aspectos culturales como a los lingüísticos, y aquí es donde yo me he sentido un poco como Nancy, pues eso es lo que yo vengo haciendo en mi otro blog, hablar someramente de lo que voy viendo en mi periplo por la China. Cierto es que yo no toco apenas los aspectos culturales, sino los de una índole social de tipo más universal, pero eso no impide que en ocasiones me pregunte cuántos errores estaré cometiendo y si no debería comedirme más de vez en cuando. Eso es precisamente lo que no hace Nancy, que se describe a sí misma como una mujer de mundo y que no duda en pasar todo aquello que ve por su prisma de mujer estadounidense que, cree, le otorga una visión más correcta del mundo. Corrección a todas luces falsa, pues ella misma aplica mal sus propios conocimientos, como sucede cuando echa en cara a un andaluz hablar de los Estados Unidos como si todo el país fuera Nueva York, pues ella vive en California, que es tan calurosa como Andalucía, mientras sólo visita Andalucía y aplica lo que ve a toda España (el tópico más desgastado de nuestro país, por otro lado).

Nunca se me había ocurrido leer este libro en particular, pero llegó a mis manos por ser uno de los que recomiendan en el Magister de Traducción de la Universidad Complutense de Madrid, y me picó la curiosidad. En realidad la novela es todo un compendio de equívocos lingüísticos de diverso tipo, agravados por el particular español andaluz. Así pues, Nancy se topa con palabras del todo desconocidas para ella, cuyo significado decide desvelar por su cuenta o incluso inventar basándose en supuestos conocimientos anteriores, dando lugar a auténticos monstruos bicéfalos del lenguaje; o se topa con homonimias producidas por la pronunciación andaluza a las que da explicaciones descabelladas (un caso especialmente gracioso es cuando Nancy oye a los hombres llamar a las mujeres “mi arma” y hace toda una teoría sobre la importancia de las armas para los hombres, sobre todo las navajas, en la sociedad española, y el gran halago que supone para una mujer el que uno de ellos la compare con estos instrumentos bélicos, cosa que también relaciona con la peligrosidad de las féminas locales y el gusto por el riesgo de los varones); o toma por su sentido literal construcciones comunes en la fraseología española (también bastante gracioso el momento en que oye a su novio decir a otro gitano que él no se casará con ella porque cuando la conoció no tenía su flor, y Nancy “comprende” por qué todas las gitanas salen a la calle con una flor en el pelo, no vaya a ser que justo el día que no la llevan conozcan al hombre de su vida y no puedan casarse con él por ese descuido, la fuerza de las tradiciones).

Pero no sólo del soberbio desconocimiento estadounidense del mundo hace burla Sender en esta novela, sino también, y con mucho más hincapié del que acostumbramos a reconocer al leerla, de la incultura y la autosuficiencia españolas. Es curioso como casi todo lector español de esta novela suelta su carcajada frente a la inocencia de Nancy, pero no tantos frente a los mismos errores cometidos por los españoles. Sí, es cierto que tales errores son cometidos siempre por gitanos y andaluces de bajo nivel social, y quienes no pertenecemos a ese nivel de la sociedad nos sentimos extrañamente a salvo de la sátira, pero no es menos cierto que Nancy es una señorita californiana educada para tener unos estudios superiores y abandonarlos para casarse, algo también muy localizado en los Estados Unidos de la época y nosotros, lectores españoles, ampliamos su situación a todo el país sin ningún cargo de conciencia. Así pues, mientras nos burlamos en nuestro interior de toda la serie de tópicos que la protagonista desgrana sobre nuestro país, asistimos impertérritos a los que el resto de personajes lanza sobre la patria de ella. Y si bien somos capaces de ver dibujado en ella (la jovencita californiana) un esquema de toda la sociedad norteamericana, no lo somos tanto de ver en los gitanos andaluces el de toda la sociedad española, leyendo ciegos una burla hacia nosotros mismos, como tantas veces ha sucedido con tantos grupos sociales ciegos de ignorancia, el último que recuerdo, el de los jóvenes neonazis que querían participar como extras soldados en la película alemana sobre su Führer, El hundimiento.

Y a pesar de todo lo dicho, en medio de esa incultura española, aparece una cultura popular que parece extinta en nuestros días: personas que conocen las tradiciones, gente sin estudios capaces de recitar tiradas enteras de Don Juan Tenorio, no por haberlo leído sino por haberlo visto o escuchado, una velada vergüenza de la incultura en contra de la exhibición que de ella se hace hoy en día, un alarde de lo poco que se sabe en lugar de hacerlo de lo que no se sabe como hoy sucede, una búsqueda de algo de cultura, por poca que sea, en lugar de ese desprecio actual por cualquier cosa de la que se pueda aprender algo, el sólo hecho de asombrarse un mínimo ante lo que otros conocen y uno desconoce en vez del contemporáneo: eso no me interesa. Sí, Sender hace una velada burla de la incultura española sin tener ni idea de lo que se avecinaba después, una mucho más creciente y además jactanciosa y autosatisfecha.

16/5/10

Robin Hood


HOWARD PYLE, Las alegres aventuras de Robin Hood

Robin Hood vive oculto en los bosques de Sherwood desde que, siendo aún joven, mató uno de los ciervos del rey y se convirtió así en un proscrito. Desde que aquello sucediera, ciento cuarenta hombres más se han unido a sus alegres proscritos. Ocultos entre los árboles roban las dos terceras partes de su cargamento a todo aquel que se enriquece con métodos poco honestos y pasa por el camino del bosque, y de lo sustraído la mitad lo dedican a obras de caridad. Sus compañeros más cercanos son el Pequeño John, su mano derecha, su sobrino, Will Escarlata, y el bardo Alan de Dale.

Este es el argumento básico de Las Alegres aventuras de Robin Hood, una novela de puro entretenimiento que su autor utiliza en muchas ocasiones para desarrollar una especie de locus amoenus de corte medieval. Sin duda Howard Pyle era un gran conocedor de la Edad Media, y nos regala en esta novelita de aventuras una descripción de la vida cotidiana de aquella época, más bien del ocio que entonces era habitual y que choca en ocasiones con nuestra manera de entender la diversión, tanto ha cambiado el mundo. Si bien el estilo de la novela no es en absoluto medieval (gracias a Dios, pues es de agradecer el que sepa mantener la perspectiva), sí que lo es la forma de la narración, empezando por esa máxima del medievo que tan mal parecemos entender en la actualidad: deleitar aprovechando. Pyle pone un gran énfasis en las formas de entretenimiento medievales, siendo la música una de las que más importancia cobran dentro de la novela. No son pocas las veces en que alguno de los personajes entona canciones que son escuchadas con gran interés por sus interlocutores, mediando siempre en el capítulo un juego de falsas modestias que son inmediatamente puestas al descubierto por el entretenimiento proporcionado. Varios personajes instan a uno a cantar, que en un principio finge negarse, pero que acaba accediendo a cambio de que los demás también canten para poder disfrutar asimismo de ese modo de diversión. Siempre se niegan, pero siempre cantan. Hay que tener en cuenta para entender esto que la música era una forma de entretenimiento (la música con instrumentos, se entiende) al alcance tan sólo de los muy ricos, pues para disfrutar de ella había que ser capaz de mantener a un grupo de músicos, como mínimo a uno solo. Es como si hoy en día para poder escuchar, por ejemplo, a Def Leppard, tuviéramos que darles alojamiento, comida y un sueldo, algo a todas luces imposible para el común de los mortales. Así pues, este grupo de proscrito que luchan contra los abusos de los ricos lleva en realidad una vida muy relajada y lujosa, aun cuando viven en plena naturaleza. Y si observamos de cerca esas canciones, veremos que se trata de letrillas y romances, con un sabor muy popular (aquí no puedo asegurar si las compuso el propio Pyle para su novela o si son auténticas cancioncillas de la época, pues desconozco la lírica medieval inglesa), y eso nos ayuda a comprender el contexto en el que toda esa poesía ligera nació.

Otro de los entretenimientos de la época que observamos, son los concursos de diverso tipo que las clases pudientes organizan para diversión propia y del pueblo, ganándose de esa forma las simpatías del pueblo (pan y circo). No eran estos tan comunes pues no dependen del propio pueblo por su escasez de recursos, aunque aparecen varios de ellos en la novela, entre los que reconoceremos aquel concurso de tiro con arco cuyo premio era una flecha de oro y que estaba pensado para atrapar al jefe de los proscritos, por la película de Disney.

Pero la principal enseñanza de la novela es de orden moral, y tan sencilla como que hay que ser honestos. Vemos cómo desfilan por sus páginas personajes pudientes que se han enriquecido en muchas ocasiones a costa de otros a los que han engañado (o intentado engañar), y cómo todos ellos son sistemáticamente saqueados por los hombres de Robin Hood. Sólo aquellos que han ganado su dinero de forma deshonesta, pues también tenemos el ejemplo de un noble que nunca trató de estafar a nadie, y que no sólo no es desvalijado por los proscritos, sino que incluso recibe su ayuda. En cierta ocasión, incluso, Robin desvalijará a unos mendigos, dejando bien claro que no sólo los ricos tienen la obligación de no aprovecharse de sus semejantes porque sus bienes lo hagan innecesario, sino cualquier persona, sea de la condición que sea. Incluso el final de Robín Hood vendrá marcado por su forma incorrecta de actuar, al rebelarse contra las órdenes de su rey.

Hoy en día es difícil encontrar una novela de estas características, no sólo por la ingenuidad de su personaje principal, que representa el opuesto de los ideales actuales, sino por su estructura tan episódica que permitiría incluso leer sus diferentes partes en orden aleatorio. Si bien la historia guarda un orden, cada uno de sus episodio conforma una historia cerrada que podría ser leída independientemente. Eso hace que las subtramas no vayan desarrollándose a lo largo del relato y cerrándose paulatinamente como estamos acostumbrados a ver en la novela actual, sino que surjan y terminen en un período muy breve. Aunque esto no represente ningún problema a la hora de llevar a cabo la lectura, que resulta muy ágil. Es más, esta estructura justifica del todo el título, Las alegres aventuras de Robin Hood, pues eso es lo que es, un colección de aventuras.

La novela, en fin, es una lectura ligera pero muy provechosa si se sabe leer entre líneas, con una estructura secilla que permitirá que cualquier lector, del nivel que sea, pueda acercarse a ella sin problemas. Por otro lado, los que crecimos con las aventuras del zorro de Disney y más adelante vimos a Errol Flinn vestido de verde (como muchas veces insiste la novela que hacen Robin y sus proscritos, pues ese era uno de los colores más comunes de la ropa de camino, así que no es camuflaje en el bosque lo único que les ofrece, sino en buena medida también social), o nos entusiasmamos después con la versión de Kevin Reynolds, no podremos evitar echar de menos a Lady Marian, a la que ni una sola vez veremos aparecer entre las páginas del libro que tenemos entre manos. Quizá haya que buscarla en las páginas de Dumas, Pierce Egan the Younger ,en el libreto operístico de Harry B. Smith o en las baladas medievales. En las páginas de Walter Scott les aseguro que tampoco aparece.

2/5/10

El Pistolero


STEPHEN KING, El pistolero (La Torre Oscura I)

Una de dos: o mis gustos no han sabido avanzar a la velocidad de los tiempos o soy un imbécil incapaz de distinguir una buena obra literaria cuando la tengo delante. Algo así es lo que me sucede ante la terrible decepción que me he llevado al llegar a la última página de El pistolero, la primera parte de la saga de La torre oscura, de Stephen King. Había sido tal la avalancha de recomendaciones sobre esta novela que no puedo evitar pensar que mi criterio se está viendo seriamente mermado. Y no es sólo que no me parezca una buena novela, sino que ni siquiera entiendo por qué es una novela.

La edición que obra en mi poder es la relativamente nueva y “de lujo” que se editó hace no mucho tiempo en español debido a la finalización de la saga. Entrecomillo lo de "edición de lujo" porque, de acuerdo, viene acompañada de unas láminas bastante interesantes sobre la historia, pero en lo referente al resto tampoco está tan cuidada: es una edición normal y corriente, como la que se hace a todos los libros nuevos, con el texto bastante bien encuadrado (podría estarlo mejor), pero la hojas ni siquiera están cosidas al interior del lomo.

El caso es que la historia no pasa de narrar una serie de acontecimientos aislados y sin demasiada relación de continuidad, que parecen funcionar sólo como prólogo de otra cosa y ni mucho menos forman un todo que cierre una historia ni una parte de ella, porque, como ya venía apuntando, no hay ninguna historia en estas páginas.

La edición va precedida de una introducción escrita por el propio King, en la que, craso error, deja al descubierto todos los defectos de los que luego nos daremos cuenta que adolece la “novela”. Empieza contando cómo este relato se le ocurrió al leer de jovencito El señor de los anillos. Podría ahorrarnos esta información, pues cualquiera podría darse cuenta de ello al enfrentarse a una historia en la que un protagonista busca una Torre en la que parece haber oculto alguna especie de mal ancestral. Después nos cuenta cómo descubrió el enfoque que quería darle a la historia: vio en el cine al Clint Eastwood de El bueno, el feo y el malo. Y, evidentemente, copió los paisajes e intentó copiar también el tipo de diálogos de los westerns de Leone. Por último, indica que es una novela de juventud y que años más tarde ha corregido los errores de estilo debidos a dicha juventud, aunque personalmente ni creo que lo haya conseguido ni veo mucha diferencia entre esos errores y los que se abren camino a lo largo de otras de sus novelas. Estos son los tres puntos flacos; suficientes, creo yo.

En suma, tenemos la siguiente “novela”: una historia que se desarrolla de la misma manera que El señor de los anillos (brujos inalcanzables, seres de tiempos ancestrales que guardan un conocimiento negado a los hombres, personas portadoras de mensajes incomprensibles en el momento pero que marcarán la vida del protagonista...), con las características de las películas de Sergio Leone (largos desiertos que atravesar, personajes sin rumbo ni destino, diálogos parcos dispuestos a los sobreentendidos, héroes sin una moral definida...) y plagada de recursos estilísticos que a menudo recuerdan al jovencito que escribió la novela y que King parece que nunca ha dejado de ser.

Esto último hace que nos encontremos con demasiadas cosas que chirriarán en los oídos de cualquier lector. Descripciones de una candidez tal que casi nos hacen sonreír ante la ocurrencia: “el desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos”. Comparaciones que ni aportan nada al relato ni son originales, ni ingeniosas, ni necesarias; y de éstas hay muchas, una gran profusión de un recurso tan gastado como fácil (y por lo tanto fácil de usar mal, como hace no sólo King, sino una cantidad demasiado grande de escritores): “como un perro que se persigue la cola, volvió a acosarle la insistente canción”, “esta ironía, como el romanticismo que hallaba en la sed, le resultó amargamente atractiva”.

Por último, la personalidad del pistolero resulta terriblemente endeble, rasgo que queda subrayado por la insitencia que se pone en ella. Quiere ser el rubio de los dólares pero no llega a conseguirlo nunca. Sus diálogos breves necesitan ir siempre acompañados por una explicación del narrador porque King no tiene la suficiente destreza. Hace demasiado hincapié en que quiere perder sus lazos con la humanidad, pero nada lo refrenda en toda la novela, hasta el punto de que cuando, hacia el final, por fin hay un acto que podría hacerlo, al suceder resulta casi ridículo e incomprensible. Y su relación con el hombre de negro, que parece querer ser misteriosa, no pasa de ser díficil de entender e incluso a veces ridícula.

Ya avisaba el autor que quería escribir la novela más larga jamás escrita, y parece que va camino de conseguirlo pues, como ya he dicho, estas trescientas páginas no pasan de ser un simple prólogo (sin demasiado interés, si se me permite decirlo). Por otro lado, ya he caído en la red: es medianamente entretenido (eso no voy a negarlo) y no puedo comenzar una saga sin acabarla (sólo Harry Potter tiene el mérito de haber conseguido que no quiera seguir leyendo), de modo que estoy condenado a terminarla. Ya volveremos a hablar cuando lea la segunda parte, nadie sabe cuando será.

19/4/10

Los detectives salvajes


ROBERTO BOLAÑO, Los detectives salvajes

El mejicano Ulises Lima y el chileno Arturo Belano viajan perdidos por el mundo. En otro tiempo fueron amigos, los líderes de un renacido movimiento literario en Méjico llamado el realismo visceral, pero ahora hace ya mucho tiempo que el uno no ve al otro. No sabemos qué los ha distanciado tanto pero tampoco podemos dejar de seguirlos. Los dos parecen marcados por un sino fatal. Lima parece arrastrarse por el mundo más que vivir y Belano busca su propio fin de forma constante. Cuando vivían en Méjico eran importantes dentro de su círculo, había gente que los seguía, personas que los admiraban. Ahora todo eso ha acabado y sus vidas se han visto condenadas al anonimato: quizá quemaron todos sus cartuchos cuando todavía eran demasiado jóvenes. Entonces tenían amores pasajeros que nunca llegaron a importarles demasiado, ahora son incapaces de retener aquel que querrían conservar para siempre; entonces la falta de dinero no parecía afectarles, ahora apenas les alcanza con el que tienen para seguir viviendo al día siguiente. Sólo una cosa parece no haber cambiado: el sexo como motor de sus vidas y de las de todo aquel que se cruza con ellos, el sexo como objetivo y al mismo tiempo como elemento intrascendente que siempre está ahí, que siempre nos acompaña, y como vehículo y representación última del amor.

Todo lo que podemos llegar a saber de ellos es sólo a través de terceras personas, pues a pesar de ser los líderes de su movimiento literario, los auténticos creadores cuya escritura el resto trata de seguir, ninguna página de su puño y letra nos ha llegado, y sus existencia se ha vuelto difusa, irreal, al ser lo único que tenemos las palabras de otros que aseguran haberlos conocido.

En su deambular por el mundo la vida ha demostrado ser más fuerte que cualquier amistad que los hubiera unido y ahora uno ya casi ni sabe quién es el otro. Ya no se tienen el aprecio que se tuvieron, incluso han llegado a insultarse en la distancia. Ni los amores que les cambiaron han sido capaces de hacer frente a la vida, han sido abandonados por ellos y sólo la poesía parece ser eterna compañera.

Sólo uno de ellos regresará al punto de origen al finalizar su viaje, no hace falta decir quién, su nombre lo delata, sólo uno volverá a ser amigo de los que ya lo fue en su juventud, el otro sencillamente se perderá y se convertirá en leyenda, ya nadie podrá volver a dar noticias de su paradero y cada vez que se hable de él seguirá teniendo la misma edad que la última vez que de él se supo. Así su nombre se convertirá en una leyenda fugaz para aquellos que lo conocieron, pero para nadie más, pues sus poemas parecen haber sido tragados por la tierra que nunca devuelve lo que se lleva, y nada quedará de ellos, tan sólo una historia imprecisa y ya demasiado teñida de irrealidad.

19/3/10

Los negros del traductor


CLAUDE BLETON, Los negros del traductor

Dos borrachos, hombre y mujer, conversan bajo un puente parisiense y, ante la respuesta afirmativa de ella, él comienza un curioso relato de sus vida, en el que primará la experiencia literaria que su trayectoria como traductor le ha brindado.

Así comienza una novela que, según avancen sus páginas, se irá convirtiendo en un fresco del mundo de la literatura y en una reflexión sobre los métodos de traducción y la figura del propio traductor. Nos adentramos pues, con cierto miedo, en el mundo de la metaliteratura, en un experimento similar al que Eliyahu Goldratt nos propuso hace años con La meta, y que tan flojo resultó a nivel literario, contando entre sus hallazgos con comparaciones tan infantiles como aquella entre un grupo de boy-scouts y una organización empresarial.

Pero salvando las distancias con aquel experimento literario, el que ahora tenemos entre manos resulta mucho más interesante. Las primeras páginas nos relatan el inicio de la vida de nuestro protagonista, Aaron Janvier, y de su incursión en la alta sociedad, y resultarán un tanto tediosas para aquellos desconocedores de la literatura europea en general y de la española en particular. Se trata de unas cuarenta páginas llenas de referencias a obras, autores y costumbres muy presentes en el mundo literario subpirenaico, pero pronunciadas de manera velada, lo que puede desembocar en el abandono del lector antes de llegar al verdadero asunto que trata la novela.

Y es que ese verdadero asunto es, no tanto el mundo de la literatura en el que ya se nos ha sumergido, sino el de la traducción. Aaron comienza su periplo editorial realizando unas traducciones, digamos bastante libres, en las que lo que prima no es la fidelidad al original, sino esa prostitución por la cual se le da al lector de la lengua de destino lo que busca, y que por lo tanto hará crecer las ventas, muy al estilo de las "traducciones" del siglo XIX. Aquí comienza esa discusión sobre si debe primar la labor del traductor casi por encima de la del autor, o si por el contrario aquel debe ser una figura casi invisible, pues no olvidemos que en toda traducción lo que nosotros leemos no son las palabras elegidas por el propio autor, sino las que su traductor ha considerado las más adecuadas para nosotros.

Más adelante, y siguiendo en la misma línea, Aaron se convertirá en autor de sus propias traducciones, suprimiendo de ese modo la molestia de tener que doblegarse ante un autor, y obligándonos a preguntarnos, por ejemplo, hasta qué punto es importante Shakespeare en Romeo y Julieta cuando la leemos en español, pues ni su poética, ni sus palabras ni, muchas veces, su retórica son lo que tenemos en nuestras manos. De esa manera él se convertirá en el artífice absoluto de sus traducciones, que llevará a cabo sin la necesidad de ningún original, que deberá ser escrito a posteriori por un autor desconocido de su elección dispuesto a doblegarse a sus exigencias. Pero esa estratagema no podrá durar eternamente, pues cuando él cree que se ha librado de la tiranía del autor original, lo que realmente sucede es que se ha puesto en sus manos. Es en ese momento cuando las preocupaciones literarias desaparecen de la novela y comienza una trama policíaca que no llega a resolverse jamás después de haber sido cuidadosamente planteada, tal como ocurriera en Travesía del horizonte, de Javier Marías.

Cuando uno de sus "autores" se rebela contra él, Aaron teme que delate sus falsas traducciones y acabe así con su carrera y decide eliminarlo. Tiene éxito y eso provoca una serie de asesinatos, en los que irán cayendo todos aquellos que no acaten con sumisión las exigencias del traductor: la eliminación del autor ha pasado a ser algo físico y real. Esta sangría continuará hasta que un policía jubilado descubra la hecatombe producida entre los literatos españoles, todos ellos unidos por un único traductor.

Por otro lado la novela se ve salpicada por las tramas de todas las novelas que Aaron va "traduciendo". Tramas estas que son tomadas de forma cómica por lo exagerado, pero que resultan de lo más clarividente, extrapolables a una sociedad con un terrible gusto por lo imposible pero que no parece ser capaz de identificarse a sí misma cuando se ve reflejada.

Si algo hay cierto sobre esta novela, es que resulta una experiencia cuando menos interesante y que no nos permitirá volver a acercarnos de forma inocente a un libro traducido, martilleándonos con la incesante pregunta de a quién estamos leyendo realmente, si a Shakespeare o a su traductor.

13/3/10

Tu rostro mañana


JAVIER MARÍAS, Tu rostro mañana

Parecía que Mañana en la batalla piensa en mí se había erigido como la mejor novela de Javier Marías y que ninguna otra iba a desbancarla de ese puesto, y de hecho hemos tenido que esperar bastante a que eso sucediera, con la aparición de la descomunal Tu rostro mañana, en la que Marías vuelve a echar mano de una frase de Shakespeare para su título. En ella se narra un nuevo capítulo en la vida de Jacobo, Jaime o Jacques Deza, personaje que ya nos había acompañado en anteriores novelas del autor. Tupra, un oscuro hombre inglés, conoce a Deza en una de las fiestas que acostumbra a dar el amigo de ambos, Sir Peter Wheeler. En ese momento Tupra se dará cuenta de que Jaime posee la extraña habilidad de saber hoy cómo serán mañana los rostros de las personas, es decir, que es capaz de averiguar cómo se comportaría cada persona en diferentes circunstancias. Como muy bien explica Tupra, una persona es buena porque su vida le ha permitido serlo, pero, ¿seguiría siéndolo si se viera involucrada, por ejemplo, en una guerra? Por este motivo lo contrata para formar parte del MI6 como"lector de personas", un lector capaz de saber cómo terminará el libro saltándose las páginas intermedias.

De esta manera Marías sigue indagando en las relaciones interpersonales y en el comportamiento social, convirtiendo a Jaime Deza en una especie de alter ego de sí mismo, salvando siempre las distancias literarias, claro está. Marías siempre ha cargado sus tintas contra aquellos franquistas que una vez llegada la democracia parece que siempre fueron demócratas, y argumentan, algunos de ellos, que en aquella época había que actuar como actuaron para salvar el propio pellejo. Él siempre expone como contrapartida a su padre Julián, cuyo "rostro" continuó siendo el mismo a pesar de las vicisitudes, mientras que el de aquellos cambió. Pero a Marías parecen haberle entrado dudas sobre su propio "rostro", que a pesar de haberse mantenido íntegro hasta ahora, lo ha hecho sin vicisitudes que pudieran provocar ese cambio. Y ese influjo externo aparece para Jaime Deza a lo largo de las páginas que nos ocupan, y logra hacer mella en él, motivo por el cual Tupra, también excelente "lector de personas", lo había elegido para el trabajo: quería no a Jacobo, sino al tipo en el que se convertiría.

El padre de Jaime resulta ser un alter ego casi perfecto de Julián Marías, un tipo que sufrió la violencia de la Guerra Civil, la de la posguerra y que incluso fue denunciado por su mejor amigo, pero que nunca permitió que su integridad se viera afectada. Jaime está familiarizado con esas historias de violencia, la ha oído muchas veces, pero nunca las ha vivido. No, al menos, hasta entrar a las órdenes de Tupra. Entonces sus transformación para por dos fases. En una primera se ve envuelto en una violenta paliza contra un compatriota suyo, y no participa pero tampoco la detiene. Su firme actitud social se ve mellada y queda sin argumentos para defenderla, dando un giro a sus convicciones: no nos volvemos violentos cuando las circunstancias nos obligan, sino que lo somos y sólo las circunstancias sociales nos mantienen apaciguados. Y pone vívidos ejemplos del franquismo y el nazismo: las circunstancias sociales se lo permitieron y se volvieron monstruos.

En la segunda fase él mismo es el artífice de esa violencia, pero no una violencia repentina, sino calculada en cada uno de sus pasos, con un nivel de amenaza creciente destinado a provocar el terror en su víctima. Así, Jaime se descubre tal como es y tal como "sería si...", y Javier Marías parece confesar que no, él no es tan bueno como su padre, pero es capaz de afrontarlo y responder por ello, cosa de la que tantos hoy en día escapan.

12/2/10

A través del espejo


LEWIS CARROLL, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí

Si Alicia en el país de las maravillas es el juego de las ideas, A través del espejo es el de las palabras. La comicidad conseguida entonces a través de la desestructuración de situaciones habituales, se consigue ahora a través de la conversación, mediante la desautomatización del lenguaje y un sutil análisis de la conversación, que fabrica chistes hilarantes para los niños y dilemas sociolingüísticos para los adultos. Y es que esta segunda parte, más interesante y mejor estructurada que la primera, más ambiciosa en suma, parece empeñada en que reflexionemos acerca de cómo nos comunicamos, algo que viene favorecido por la evidente falta de entonación en el texto escrito.

Los elementos más recurrentes son la literalización de frases hechas, la dilogías siempre dispuestas a la confusión y la libertad en el uso del lenguaje, que llega a confundirse con su desconocimiento. Elemento este último que, si bien ya se molestó Carroll entonces en nombrarlo, hoy en día alcanza cotas preocupantes, sobre todo en los profesionales del lenguaje, como es el caso de muchos periodistas y algunos escritores.

En definitiva se trata de una historia mucho mejor cohesionada que la anterior, más intelectual, que organiza todo alrededor de una supuesta partida de ajedrez que, en realidad, nunca llega a producirse, pero que conforma un mundo de lo más atractivo, igual de disparatado que el anterior y más familiar para la escasa imaginación de nuestros ojos adultos.

7/2/10

Alicia en el país de las maravillas


LEWIS CARROLL, Alicia en el país de las maravillas

La de Alicia es una historia que todo el mundo parece conocer, o que al menos cree conocer. En la mayoría de los casos lo más cercano a esta afirmación son aquellos que en algún momento vieron aquella adaptación en dibujos animados realizada por Walt Disney. Es cierto que resulta una lectura interesante tanto para niños como para adultos, pero en modo alguno se me antoja la obra maestra que representa que es. El juego de los cambios de tamaño no pasa de ser un mero divertimento infantil, y la aparición de la reina y la baraja de cartas como elemento "unificador" del conjunto parece insuficiente.

Quizá la escena más interesante de todas sea la merienda de locos, con el sombrerero, la liebre de marzo y el lirón tomando el té y manteniendo una conversación delirante, no muy distinta de lo que pueden parecer nuestras importantísimas disquisiciones a un niño de cinco años, única edad en la que, como todos sabemos, se piensa en cosas realmente importantes. Y es que aquí nos resulta más fácil identificarnos con los tres chiflados que con Alicia, que, a pesar de su corta edad, representa el elemento adulto, y cuando a una edad ya cumplida leemos un libro infantil queremos ser niños, alocados e irresponsables, y no el elemento que impone la razón.

Sin embargo, por interesantes que resulten varios de los momentos de Alicia en el país de las maravillas, esos momentos, brillantes en ocasiones, resultan inconexos hasta el punto de que una vez concluida la lectura es difícil rememorar el hilo de la historia. Aunque tiene los suficientes méritos para que nadie deba admitir no haber tomado un té con el sombrerero loco, o no haber perseguido a la carrera al conejo blanco, con temor a llegar tarde no sabemos muy bien a dónde.

9/1/10

El gran Gatsby


F. S. FITZGERALD, El gran Gatsby

Gatsby es el héroe romántico sacado de su época y obligado a tratar de triunfar en los EE.UU. de después de la 1ª Guerra Mundial, con la carga irónica que ello conlleva. Fitzgerald no lo sabía, pero el curso de la historia iba a convertir a su protagonista en un personaje mucho más trágico de lo que pretendía cuando lo creó, y la sociedad decadente que refleja su novela iba a ser toda una lección moral. Porque al poco tiempo de publicarse su obra cumbre, en la que retrata a una clase social despreocupada e inmersa en un mundo de lujos y comodidades, sobrevino el "crack" que arrastró la economía y obligó a replantearse el sistema social que, dicho sea de paso, tampoco cambió demasiado.

Hoy, con las historia de nuevo convertida en pasado, el discurso de Fitzgerald vuelve a ser lamentablemente actual. Nuestra sociedad de comodidades sustentada en un mercado sostenido po unas pocas grandes fortunas con la capacidad y la intención de crecer sin límites a toda costa ha desembocado, de nuevo, en una terrible crisis económica. Relean El gran Gatsby o acérquense a él por primera vez los que nunca lo hayan leído y verán que no hay mucha diferencia entre ese mundo de fiestas privadas y lujos, y nuestro mundo de discotecas y comodidades. Todos sabemos cómo ha acabado eso en dos ocasiones y no parece que hayamos aprendido nada para la tercera.

Por otro lado Gatsby es el héroe cuyo destino debería enseñarnos algo. Él esconde un pasado de pobreza que contoda seguridad hoy se exaltaría. pero, entonces como ahora, su destino encierra cierta clarividencia. Su lucha por entrar en un mundo que sólo se ve a sí mismo acaba en tragedia, mientras que quienes lo conforman no son alcanzados por los acontecimientos que ellos mismos han desatado. ¿Les suena? Podríamos establecer una relación entre esa alta sociedad y las grandes fortunas y entre Gatsby y los accionistas o, más actual, entre ellos y la banca y Gatsby y nosotros. Ya veremos cuánto tarda El gran Gatsby en ser actual de nuevo. Aunque seguro que cuando eso suceda, será una vez más el amigo pobre el único que asista al funeral.

26/10/09

Botchan

NATSUME SOSEKI, Botchan

Botchan tiene una peculiaridad que puede confundir al lector y que comparte con otras novelas clásicas como, por ejemplo, El Buscón de Quevedo: el protagonista es algo ajeno a él, con el que jamás puede identificarse y que parece haber sido puesto ahí para recibir nuestra carcajada castigadora. Se trata de un hombrecillo estúpido y que además parece esforzarse en demostrar que lo es, lo que impide que tengamos ninguna lástima por él. Sólo está ahí para provocar nuestra risa. Y aquí debo matizar, pues sólo sonrisas ha provocado en mí su lectura; nada de extrañar por otro lado, pues novelas como La aventura del tocador de señoras, que en otros parecen haber causado una gran hilaridad, tampoco me la han causado tanto a mí.
Se trata sin embargo de un humor bastante básico, basado en la burla, bastante clásico, ya saben: turpitudo et deformitas. Así pues, la risa del lector es una risa despiadada que se ceba en el protagonista.
Botchan es un señorito de ciudad que se ve obligado a trabajar en un pequeño pueblo. Una vez allí él desprecia a todo el mundo por su provincianismo, pero no puede evitar ser burlado por todos aquellos que él considera inferiores, produciéndose de ese modo cierta sátira contra esa sensación de superioridad que exhiben muchos habitantes de las grandes ciudades (y no tan grandes). Pero esa sátira no es ni mucho menos total y debe ser matizada, pues los habitantes que aparecen en esa aldea resultan igualmente ridículos, dando en muchas ocasiones a Botchan su merecido castigo, pero resultando ellos también seriamente dañados.
No puedo evitar, como he comentado antes, que todo lo que aquí se narra me recuerde al Buscón. No podría afirmar que Soseki lo conociera, aunque es posible, pues él recibió su formación en Inglaterra. En todo caso, haciendo caso a mis fantasías quevedescas, resulta interesante leer las desventuras de Botchan con Pablos en la cabeza: en ambas novelas los protagonistas debían enfrentarse al mundo por sus propios medios casi contra su voluntad y, extrapolándolo a la época, no olvidemos que Soseki vivió la era Meiji, en la que el Japón no tuvo más remedio que enfrentarse a la relación con occidente. Relación en la que se sintió como un niño pequeño en la que debía pero no quería aprender de sus maestros de los ojos enormes.
Obra maestra.

16/10/09

El asesinato de la profesora de lengua

JORDI SIERRA I FABRA, El asesinato de la profesora de lengua


¿Quién dijo que las segundas partes nunca fueron buenas? Pues aquí tenemos la versión infantil que ataca esos convencionalismos. Si he de ser sincero esta segunda parte no aporta nada sobre la primera, pero sigue con efectividad el plan que se planteaba desde el principio de ser un entretenimiento infantil útil y divertido.


El argumento es similar al anterior (El asesinato del profesor de matemáticas) y viene a repetir la misma historia pero cambiando las pruebas matemáticas por otras lingüísticas y el deseo de esclarecer el asesinato del profesor por el de evitar el propio asesinato a manos de la profesora. Sin embargo esta repetición no disminuye su calidad, puesto que se convierte en un vehículo perfecto para acostumbrar al descubrimiento cultural a los niños, evitando esa esquizofrénica literatura infantil actual tan en boga, desgraciadamente, en estos días.


Repito lo anteriormente dicho: olvídense de tanto Harry Potter y entreguen esto a sus niños.

14/10/09

Confesiones de una máscara



YUKIO MISHIMA, Confesiones de una máscara

No puedo evitar comenzar aventurándome en terrenos extraliterarios que en bien poco conciernen a la "autobiografía" en cuestión: Mishima es el creador o cuando menos el mejor publicista de los emos. No en vano la presentación del protagonista se hace, al principio de la novela, con la siguiente sentencia: "Pero no puede negarse la tendencia de mi corazón hacia la Muerte, la Noche y la Sangre". Bien es cierto que por el desarrollo posterior nada tiene este muchacho que ver con ellos pero, qué quieren, viviendo en el mundo en el que nos ha tocado vivir la relación se vuelve inevitable.

Quizá lo más discutible sea el carácter autobiográfico que el propio autor atribuía a esta novela, hasta el punto de que al entregarlo a su editor, a los veinticuatro años, lo hizo con el anuncio de que esa era la primera de sus autobiografías. Resulta difícil dar crédito a esta afirmación si tenemos en cuenta la grandilocuencia mezclada con elementos ridículos que rodean al protagonista, demasiado extremos incluso para un hombre del tipo de Mishima (este choque de conceptos recuerda incluso al del Buscón).

El autor parece empeñado en no dejar que su personaje se reconcilie con la sociedad, siempre le está poniendo trabas de tipo moral (y aquí me recuerda una vez más a los emos) según las cuales él es "raro" y es por eso que no puede ser feliz en este mundo. En realidad lo que arrastra es una serie de tabúes que hoy en día no resultarían problema de ningún tipo (básicamente se trata de un sádico y homosexual) pero que en la rígida mentalidad japonesa de posguerra resultaban todo un problema, pero también una paradoja, pues Mishima se oponía a perder esa moral tradicional.

No se trata de una novela, de todos modos, anclada en el Japón tradicional, sino que recurre constantemente a motivos literarios occidentales, muchas veces de forma evidente, incluso nombrándolos aun en boca de un niño que resultaría harto complicado que los conociese, otras veces de forma más velada, haciendo uso de ellos pero sin nombrar explícitamente las fuentes: "No padeces esa tristeza que sigue a la unión carnal con una mujer".

Les dejo a continuación con un párrafo que les dará una idea de lo que es la novela y les animo a leerla sin dilación:

Conduces a la víctima a una curiosa columna hexagonal, lo cual haces llevando oculta, a la espalda, una cuerda.Entonces atas su desnudo cuerpo a la columna, colocándole los brazos por encima de la cabeza. Procuras que ofrezca mucha resistencia y que grite mucho. Das a la víctima una detallada descripción de su próxima muerte, y mantienes en todo momento una extraña e inocente sonrisa en tus labios. Sacas del bolsillo un cuchillo muy afilado, te acercas a tu víctima y le cosquilleas levemente, como acariciándolo, la tensa piel de su pecho con la punta del cuchillo. Jadea a rugidos, aterrado. Le tiemblan las piernas y sus rodillas entrechocan produciendo un seco sonido. Lentamente introduces el cuchillo en el pecho. (¡Sí, ése es el indignante acto por ti cometido!) La víctima arquea el cuerpo, emite un desolado y desgarrador chillido, y un espasmo estremece los músculos alrededor de la herida. El cuchillo ha sido clavado en la carne estremecida con la misma calma con que hubiera sido enfundado. Salta un chorro de sangre burbujeante, y la sangre sigue manando hacia los suaves muslos de la víctima.

6/9/09

La soledad del manager


MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, La soledad del manager

No sé por qué, pero yo veo mucho más humano a Pepe Carvalho que al detective de Larsson, al que tantos alaban precisamente por eso. Al menos más que a su versión cinematográfica, pues las novelas no las he leído, son demasiado largas y todavía tengo carencias que cubrir.

El argumento es sencillo: un antiguo conocido de Carvalho, de cuando trabajaba en la CIA, aparece muerto con unas bragas metidas en el bolsillo. A partir de ahí el detective comienza a investigar, mostrándonos los bajos fondos de Barcelona y haciendo largos (no tanto) incisos para ahondar en la personalidad de nuestro protagonista: sus refinados gustos culinarios, el trato con sus amigos y ayudantes (que vienen a ser lo mismo), el trato con sus clientes y sospechosos, su relación con las mujeres (que va de lo misógino a lo caballeroso)... Y entre medio el misterio se va resolviendo.

No resulta la investigación aquí tan difusa como en Tatuaje. Es más, ante la aparente trivialidad de las conversaciones, pasado el ecuador de la historia Carvalho hace una recopilación de datos extraídos de ellas y pone al lector sobre la pista definitiva para dar con el asesino. Si bien la caracterización de Carvalho sigue siendo muy importante, el crimen se toma con mayor seriedad que en Tatuaje, atrapando al lector de modo mucho más eficaz que en aquella.

Léanla y disfrútenla. Yo lo he hecho.

25/8/09

Tatuaje

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN, Tatuaje


La novela es a todas luces interesante y de muy sencilla lectura. Un hombre aparece muerto con un extraño tatuaje: "He nacido para revolucionar el infierno". Esa será la única pista para averiguar quién era y por qué lo mataron.

He de decir que si bien el argumento puede seguirse perfectamente en cuanto al quién era, cuando llegamos al terreno de quién lo mató, yo al menos, tengo que creerme que Carvalho es muy listo y punto, pues soy incapaz de relacionar los hechos para llegar a la misma conclusión que él. Aunque dicho sea de paso, parece que a Montalbán le interesa más la creación de su personaje que el crimen en sí, de modo que quizá no sea justo decir que hay fallos en la trama. Lo cierto es que cada nueva escena nos dice mucho más de Carvalho que del crimen que investiga, hasta el punto de que lo que queremos saber no es tanto cuál será el final de todo, sino qué hará el detective al llegar a ese final.

No se trata de una obra maestra pero sí de una novela bien escrita y sobre todo muy entretenida, más de lo que esperaba.