2/11/10
De vuelta
31/5/10
Tres vidas de santos
En el primero, La ballena, el obispo Cachimba, que al final será llamado sólo Fulgencio, llega a Barcelona enviado por el obispado y se aloja en la casa de una familia pudiente. Más adelante se producirá un golpe de estado en su país de origen y la iglesia lo abandonará a su suerte, no haciéndose ya cargo de él. Todo el relato tiene cierto tono costumbrista y, al menos para mí, su prosa algo de hipnótico que no alcanzan los otros dos. Hace unos días le comenté a una amiga cómo Últimas tardes con Teresa creaba en mí la ilusión de recordar una Barcelona que en realidad nunca he conocido. No es la única novela con la que eso me sucede, son varios los autores que se han empeñado en mostrarnos esa Barcelona que creemos reconocer al leerla y que buscamos cuando la visitamos. Mendoza es uno de ellos y este primer relato participa en parte de esa ilusión. Así pues, conforme lee, uno no puede evitar buscar en su falsa memoria todos esos lugares en los que transcurre la acción, especialmente los del puerto de la ciudad, que la gente de mi edad ya no sabe muy bien dónde ubicar.
Pero no es esta representación nostálgica lo único que el relato ofrece. Mendoza hace una suerte de crítica de la iglesia que no llega a extender a todos sus miembros. Se trata de lo sucedido en tres momentos del relato: la estricta confesión de la tía Conchita, cuando ésta echa de casa a Fulgencio porque conoce sus "pecados" y cuando el obispado lo abandona. Aunque hablar de crítica a la iglesia no sería del todo justo aquí, sino más bien de denuncia de las falsas apariencias y la hipocresía, pues en similares faltas incurren también el resto de personajes sin que la religión esté en absoluto involucrada: el tío Víctor expulsa veladamente a Fulgencio de su casa cuando ya ningún prestigio le proporciona, la madre del protagonista (más bien del narrador, pues el protagonismo recae en el obispo) lo acoge con cierta desgana y casi todas las acciones llevadas a cabo por los personajes acaban revelándose de interés propio. Sólo Fulgencio parece evolucionar, sólo él da muestras de aprender de sus errores, de mejorar, de buscar el camino correcto para vivir. Él y el narrador, aunque este último lo hace por imitación del anterior, que se irá convirtiendo en algo así como su maestro en al vida.
El segundo cuento, El final de Dubslav, me resultó en cierta medida incómodo de leer, no conservé en él las ilusiones despertadas en el primero. En un principio lo achaqué a la ausencia de Barcelona en el relato (uno acaba adquiriendo la costumbre de asociar ciertos autores a ciertos temas), y hace un mes leí en algún sitio que la narración había sido totalmente despojada del nexo "que", lo que le daba cierta artificialidad. No pude resistirme a revisar sus páginas y, efectivamente: ni un solo "que" en todo el relato. Y era cierto, esa ausencia es la que lo vuelve artificial y de incómoda lectura. Aunque más allá de eso, El final de Dubslav tampoco resulta especialmente interesante. Todo él consiste en un viaje de realización personal para llegar a descubrir la futilidad del esfuerzo, algo ya tantas veces visto, en este caso en al piel de un hijo que trata de emular los éxitos de su madre y en eso se le va la vida. Todo este esfuerzo se resume en la siguiente frase clarividente, quizá la joya escondida en un cuento que no ha llegado a interesarme demasiado: "Antes de ser alcanzado, el éxito no existe, sólo es motivo de ansiedad; pero cuando llega es peor: después de obtenido, la vida no se detiene y el éxito la ensombrece; nadie puede repetir constantemente el éxito y al cabo de muy poco el éxito se convierte en una pesada carga; se necesita de nuevo, constantemente, pero ahora a sabiendas de su inutilidad."
El último relato, El malentendido, recupera la genialidad, o al menos el buen hacer al que Mendoza nos tiene acostumbrados, del primero. Una profesora de literatura comienza a dar clases en una cárcel. Uno de los reclusos se muestra aventajado y, cuando cumpla su condena, terminará por convertirse en escritor. Tal y como dice la solapa del libro, "es una profunda reflexión sobre la creación literaria", aunque yo diría que es más bien una burla de dicha creación. El autor se toma aquí el proceso de escritura de una manera bastante burlona. ¡Ojo! El autor, no el narrador, pues este último se lo toma muy en serio, lo cual acentúa ese punto humorístico. Dos son los protagonistas del relato: la profesora y el recluso. Aquella da una visión muy seria en la que la literatura es uno de los pilares culturales de la civilización. Éste se ve envuelto en el mundo novelístico por accidente y su visión es mucho más inocente, se siente un farsante en un mundo que todos parecen tomarse muy en serio excepto él. Ante este choque de actitudes, el lector no puede sino reírse ante la excesiva seriedad con la que se observa ese mundillo, aunque esa risa se vuelva amarga al cabo, pues ya no reconocemos la admiración por esos intelectuales en nuestro propio mundo.
Y después de todo esto, acabaré por el principio: el prólogo. En él, el autor nos advierte de que los relatos que componen Tres vidas de santos no son nuevos, sino que fueron escritos en tres momentos distintos de su carrera, en el mismo orden en el que aparecen en el volumen. Bien podría tratarse esto tan sólo de un juego literario, pero aunque así lo fuera refleja bastante bien la carrera que ha seguido Mendoza, desde sus inicios haciendo literatura de Barcelona (La verdad sobre el caso Savolta, La ciudad de los prodigios...), hasta una actualidad en la que el tema literario, aunque tratado de manera humorística, está muy presente en sus obras (El último trayecto de Horacio Dos, El asombroso viaje de Pomponio Flato...). A fin de cuentas no nos importa si es nuevo o no, mientras siga escribiendo.
16/5/10
Robin Hood

HOWARD PYLE, Las alegres aventuras de Robin Hood
Robin Hood vive oculto en los bosques de Sherwood desde que, siendo aún joven, mató uno de los ciervos del rey y se convirtió así en un proscrito. Desde que aquello sucediera, ciento cuarenta hombres más se han unido a sus alegres proscritos. Ocultos entre los árboles roban las dos terceras partes de su cargamento a todo aquel que se enriquece con métodos poco honestos y pasa por el camino del bosque, y de lo sustraído la mitad lo dedican a obras de caridad. Sus compañeros más cercanos son el Pequeño John, su mano derecha, su sobrino, Will Escarlata, y el bardo Alan de Dale.
Este es el argumento básico de Las Alegres aventuras de Robin Hood, una novela de puro entretenimiento que su autor utiliza en muchas ocasiones para desarrollar una especie de locus amoenus de corte medieval. Sin duda Howard Pyle era un gran conocedor de la Edad Media, y nos regala en esta novelita de aventuras una descripción de la vida cotidiana de aquella época, más bien del ocio que entonces era habitual y que choca en ocasiones con nuestra manera de entender la diversión, tanto ha cambiado el mundo. Si bien el estilo de la novela no es en absoluto medieval (gracias a Dios, pues es de agradecer el que sepa mantener la perspectiva), sí que lo es la forma de la narración, empezando por esa máxima del medievo que tan mal parecemos entender en la actualidad: deleitar aprovechando. Pyle pone un gran énfasis en las formas de entretenimiento medievales, siendo la música una de las que más importancia cobran dentro de la novela. No son pocas las veces en que alguno de los personajes entona canciones que son escuchadas con gran interés por sus interlocutores, mediando siempre en el capítulo un juego de falsas modestias que son inmediatamente puestas al descubierto por el entretenimiento proporcionado. Varios personajes instan a uno a cantar, que en un principio finge negarse, pero que acaba accediendo a cambio de que los demás también canten para poder disfrutar asimismo de ese modo de diversión. Siempre se niegan, pero siempre cantan. Hay que tener en cuenta para entender esto que la música era una forma de entretenimiento (la música con instrumentos, se entiende) al alcance tan sólo de los muy ricos, pues para disfrutar de ella había que ser capaz de mantener a un grupo de músicos, como mínimo a uno solo. Es como si hoy en día para poder escuchar, por ejemplo, a Def Leppard, tuviéramos que darles alojamiento, comida y un sueldo, algo a todas luces imposible para el común de los mortales. Así pues, este grupo de proscrito que luchan contra los abusos de los ricos lleva en realidad una vida muy relajada y lujosa, aun cuando viven en plena naturaleza. Y si observamos de cerca esas canciones, veremos que se trata de letrillas y romances, con un sabor muy popular (aquí no puedo asegurar si las compuso el propio Pyle para su novela o si son auténticas cancioncillas de la época, pues desconozco la lírica medieval inglesa), y eso nos ayuda a comprender el contexto en el que toda esa poesía ligera nació.
Otro de los entretenimientos de la época que observamos, son los concursos de diverso tipo que las clases pudientes organizan para diversión propia y del pueblo, ganándose de esa forma las simpatías del pueblo (pan y circo). No eran estos tan comunes pues no dependen del propio pueblo por su escasez de recursos, aunque aparecen varios de ellos en la novela, entre los que reconoceremos aquel concurso de tiro con arco cuyo premio era una flecha de oro y que estaba pensado para atrapar al jefe de los proscritos, por la película de Disney.
Pero la principal enseñanza de la novela es de orden moral, y tan sencilla como que hay que ser honestos. Vemos cómo desfilan por sus páginas personajes pudientes que se han enriquecido en muchas ocasiones a costa de otros a los que han engañado (o intentado engañar), y cómo todos ellos son sistemáticamente saqueados por los hombres de Robin Hood. Sólo aquellos que han ganado su dinero de forma deshonesta, pues también tenemos el ejemplo de un noble que nunca trató de estafar a nadie, y que no sólo no es desvalijado por los proscritos, sino que incluso recibe su ayuda. En cierta ocasión, incluso, Robin desvalijará a unos mendigos, dejando bien claro que no sólo los ricos tienen la obligación de no aprovecharse de sus semejantes porque sus bienes lo hagan innecesario, sino cualquier persona, sea de la condición que sea. Incluso el final de Robín Hood vendrá marcado por su forma incorrecta de actuar, al rebelarse contra las órdenes de su rey.
Hoy en día es difícil encontrar una novela de estas características, no sólo por la ingenuidad de su personaje principal, que representa el opuesto de los ideales actuales, sino por su estructura tan episódica que permitiría incluso leer sus diferentes partes en orden aleatorio. Si bien la historia guarda un orden, cada uno de sus episodio conforma una historia cerrada que podría ser leída independientemente. Eso hace que las subtramas no vayan desarrollándose a lo largo del relato y cerrándose paulatinamente como estamos acostumbrados a ver en la novela actual, sino que surjan y terminen en un período muy breve. Aunque esto no represente ningún problema a la hora de llevar a cabo la lectura, que resulta muy ágil. Es más, esta estructura justifica del todo el título, Las alegres aventuras de Robin Hood, pues eso es lo que es, un colección de aventuras.
La novela, en fin, es una lectura ligera pero muy provechosa si se sabe leer entre líneas, con una estructura secilla que permitirá que cualquier lector, del nivel que sea, pueda acercarse a ella sin problemas. Por otro lado, los que crecimos con las aventuras del zorro de Disney y más adelante vimos a Errol Flinn vestido de verde (como muchas veces insiste la novela que hacen Robin y sus proscritos, pues ese era uno de los colores más comunes de la ropa de camino, así que no es camuflaje en el bosque lo único que les ofrece, sino en buena medida también social), o nos entusiasmamos después con la versión de Kevin Reynolds, no podremos evitar echar de menos a Lady Marian, a la que ni una sola vez veremos aparecer entre las páginas del libro que tenemos entre manos. Quizá haya que buscarla en las páginas de Dumas, Pierce Egan the Younger ,en el libreto operístico de Harry B. Smith o en las baladas medievales. En las páginas de Walter Scott les aseguro que tampoco aparece.
8/5/10
Kiki de Montparnasse

A lo que iba. Kiki es una niña de provincias que va a vivir con su madre a París. Allí, al crecer, se hace modelo para pintores y toda su vida a partir de ese momento la pasará metida en el mundo de los artistas, el sexo y las drogas. Solo falta el rock'n'roll, vamos. El caso es que a pesar de todo este atrevimiento argumental no encontramos nada novedoso ni impactante en sus páginas; la disposición de las viñetas es muy clásica, al igual que los puntos de vista que nos ofrecen, e incluso nos damos de bruces con cierta moralina antridrogas llegados a un punto de la lectura.
Sin embargo sí que se nota cierta ambición en la novela, aunque no llegue a conseguirse su objetivo. Parece que los autores pretenden que esta novela gráfica suponga para Francia algo así como lo que La época de Botchan supone para el Japón. La representación de una de las épocas artísticas más importantes de cada uno de los dos países en el mundo moderno. Sin embargo toda la representación social que la obra de Sekikawa conseguía está ausente de esta Kiki de Montparnasse. En lugar de captar la esencia de la época, lo que nos ofrecen es tan solo un desfilar de anécdotas intrascendentes que poco aportan a la ambientación o al relato. Es más, muchas acciones quedan sin continuidad y se nos hace difícil entender después por qué sucede lo que sucede. Por ejemplo, cuando Kiki se hace modelo la ruptura con su madre es casi de odio pero luego su muerte supone la pérdida de un ser muy querido, al tiempo que no entendemos el porqué del odio de las mujeres de su pueblo, con las que hasta entonces parecía llevarse de maravilla. No se consigue tampo una identificación con la protagonista, a la que vemos pasar por la historia sin que nos importen demasiado sus victorias o desventuras.
Comparando esto de nuevo con La época de Botchan, quien lea Kiki no entenderá la época artística ni política por la que pasaba el país, como sí ocurría en aquella, ni entenderá la relación con el extranjero, los Estados Unidos en este caso, como sí ocurría en aquella, ni comprenderá el porqué de la aparición de tanto personaje del mundo de la cultura, como sí ocurría en aquella, y así un largo etcétera. Y no crean que esta comparación es gratuita, pues Kiki de Montparnasse sí que persigue todos esos objetivos, pero lamentablemente ese gran objetivo termina quedando en nada.
2/5/10
El Pistolero
La edición que obra en mi poder es la relativamente nueva y “de lujo” que se editó hace no mucho tiempo en español debido a la finalización de la saga. Entrecomillo lo de "edición de lujo" porque, de acuerdo, viene acompañada de unas láminas bastante interesantes sobre la historia, pero en lo referente al resto tampoco está tan cuidada: es una edición normal y corriente, como la que se hace a todos los libros nuevos, con el texto bastante bien encuadrado (podría estarlo mejor), pero la hojas ni siquiera están cosidas al interior del lomo.
El caso es que la historia no pasa de narrar una serie de acontecimientos aislados y sin demasiada relación de continuidad, que parecen funcionar sólo como prólogo de otra cosa y ni mucho menos forman un todo que cierre una historia ni una parte de ella, porque, como ya venía apuntando, no hay ninguna historia en estas páginas.
La edición va precedida de una introducción escrita por el propio King, en la que, craso error, deja al descubierto todos los defectos de los que luego nos daremos cuenta que adolece la “novela”. Empieza contando cómo este relato se le ocurrió al leer de jovencito El señor de los anillos. Podría ahorrarnos esta información, pues cualquiera podría darse cuenta de ello al enfrentarse a una historia en la que un protagonista busca una Torre en la que parece haber oculto alguna especie de mal ancestral. Después nos cuenta cómo descubrió el enfoque que quería darle a la historia: vio en el cine al Clint Eastwood de El bueno, el feo y el malo. Y, evidentemente, copió los paisajes e intentó copiar también el tipo de diálogos de los westerns de Leone. Por último, indica que es una novela de juventud y que años más tarde ha corregido los errores de estilo debidos a dicha juventud, aunque personalmente ni creo que lo haya conseguido ni veo mucha diferencia entre esos errores y los que se abren camino a lo largo de otras de sus novelas. Estos son los tres puntos flacos; suficientes, creo yo.
En suma, tenemos la siguiente “novela”: una historia que se desarrolla de la misma manera que El señor de los anillos (brujos inalcanzables, seres de tiempos ancestrales que guardan un conocimiento negado a los hombres, personas portadoras de mensajes incomprensibles en el momento pero que marcarán la vida del protagonista...), con las características de las películas de Sergio Leone (largos desiertos que atravesar, personajes sin rumbo ni destino, diálogos parcos dispuestos a los sobreentendidos, héroes sin una moral definida...) y plagada de recursos estilísticos que a menudo recuerdan al jovencito que escribió la novela y que King parece que nunca ha dejado de ser.
Esto último hace que nos encontremos con demasiadas cosas que chirriarán en los oídos de cualquier lector. Descripciones de una candidez tal que casi nos hacen sonreír ante la ocurrencia: “el desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos”. Comparaciones que ni aportan nada al relato ni son originales, ni ingeniosas, ni necesarias; y de éstas hay muchas, una gran profusión de un recurso tan gastado como fácil (y por lo tanto fácil de usar mal, como hace no sólo King, sino una cantidad demasiado grande de escritores): “como un perro que se persigue la cola, volvió a acosarle la insistente canción”, “esta ironía, como el romanticismo que hallaba en la sed, le resultó amargamente atractiva”.
Por último, la personalidad del pistolero resulta terriblemente endeble, rasgo que queda subrayado por la insitencia que se pone en ella. Quiere ser el rubio de los dólares pero no llega a conseguirlo nunca. Sus diálogos breves necesitan ir siempre acompañados por una explicación del narrador porque King no tiene la suficiente destreza. Hace demasiado hincapié en que quiere perder sus lazos con la humanidad, pero nada lo refrenda en toda la novela, hasta el punto de que cuando, hacia el final, por fin hay un acto que podría hacerlo, al suceder resulta casi ridículo e incomprensible. Y su relación con el hombre de negro, que parece querer ser misteriosa, no pasa de ser díficil de entender e incluso a veces ridícula.
Ya avisaba el autor que quería escribir la novela más larga jamás escrita, y parece que va camino de conseguirlo pues, como ya he dicho, estas trescientas páginas no pasan de ser un simple prólogo (sin demasiado interés, si se me permite decirlo). Por otro lado, ya he caído en la red: es medianamente entretenido (eso no voy a negarlo) y no puedo comenzar una saga sin acabarla (sólo Harry Potter tiene el mérito de haber conseguido que no quiera seguir leyendo), de modo que estoy condenado a terminarla. Ya volveremos a hablar cuando lea la segunda parte, nadie sabe cuando será.
26/4/10
Argonáuticas
Al comparar la literatura escrita en lenguas modernas con la de nuestros antepasados griegos y latinos queda patente lo jovencísima que es todavía aquella. Mientras los modelos que ellos establecieron permanecieron durante un larguísimo período de tiempo, los nuestros parecen ser incapaces de mantenerse. Incluso uno de los más longevos, la novela, se ve amenazada de muerte cada cierto tiempo, por no decir que vive permanentemente herida. Lo establecido por Homero en el siglo VIII A.C., tiene continuidad en las Argonáuticas que tenemos entre manos, con su correspondiente evolución, claro está. Y que quede claro que digo esto desde el desconocimiento de la historia de la literatura clásica, pero el sabor de boca que queda es que la épica continúa siendo épica, con unas reglas más o menos similares a pesar de la evolución, mientras que bien poco reconocemos de las primeras narraciones en lengua castellana en la novela actual.
Al margen de esta impresión personal, las Argonáuticas parecen ser una incursión un tanto arriesgada en un tipo de composición que no estaba de moda en aquella época a pesar del prestigio que pudiera tener Homero, algo así como si alguien escribiera un cantar épico hoy en día. Pero la modernidad con respecto a aquel queda patente, aparte de en una menor longitud del cantar, en una estructura más elaborada. Externamente el poema se divide en cuatro cantos, pero internamente serían tres las partes que la componen. La primera, que narra las aventuras de los héroes hasta llegar a la Cólquide, ocupa los dos primeros cantos y es la que más participa del habitual tono de la épica, explicando la procedencia de los héroes, los oráculos y organizándolo todo de una manera episódica, como una sucesión de aventuras. La segunda parte, en cambio, se torna más novelística. En ella tienen lugar los trabajos por los que Jasón debe pasar para la consecución del vellocino de oro, el amor que Medea profesa por él y las intrigas de ésta para ayudar a su recién conocido amor, que culminarán en el abandono de la patria por parte de la mujer para convertirse posteriormente en mujer del protagonista, ocupando todo esto el canto tercero y el inicio del cuarto. Como podrán comprobar todo este juego de intrigas y valor bien podría pertenecer a un folletín decimonónico. La última parte la conforma el regreso a la patria para poner ante Pelías el vellocino y dar término así a las aventuras de los héroes, que serán perseguidos por los soldados del reino al que han robado el vellocino y la princesa.
Tres aspectos me parecen destacables de esta gran aventura, y empezaré por el último de ellos, y es que la aventura no termina realmente, sino que llegado a un punto del viaje de regreso simplemente se nos apunta que el resto del trayecto fue apacible hasta llegar a su destino, pero nunca sabemos cómo es esa llegada, ni qué sucede con la profecía del hombre de una sola sandalia, aunque supongamos que se cumplirá. Un final abierto, podríamos decir, aunque no se trata realmente de eso, sino que más bien parece darlo por sabido.
Por otro lado la semblanza del héroe pierde bastante de su heroismo. Digo esto porque Jasón es comparado con Odiseo, no abierta pero sí veladamente (sobre todo en el viaje de vuelta, en el que pasa por varios parajes que coinciden con el viaje de Ulises). Si recordamos al protagonista de la Odisea, sabemos que era un hombre decidido y siempre con muchos recursos, incluso así era llamado en muchas ocasiones. Sin embargo Jasón parece más bien un hombre falto de recursos, guiado siempre por los oráculos o los otros héroes, cosa que llega a su máxima representación cuando Eetes le propone una tarea imposible para adquirir el vellocino, y luego dice a sus compañeros: “Lo cual, desde luego, pues nada mejor podía idear, le acepté sin rodeos”.
Pero el personaje que cobra gran protagonismo a partir del tercer canto es Medea. Si bien en esta historia ella es la enamorada de Jasón y debería ser vista como una heroína en su labor de hacer que toda la empresa llegue a buen puerto, las características que se resaltan de ella son las de bruja y traidora: “...el espíritu se me revuelve por dentro en un mudo estupor, cuando pienso si debo llamar fatal al aturdimiento de la pasión o fuga vergonzosa el modo en que abandonó las gentes de los colcos”. Toda la presencia de Medea, de acción intachable aquí, está marcada por lo que todos los lectores saben que sucederá con ella después, en los acontecimientos posteriores que cuenta la Medea de Eurípides, y que Apolonio utiliza para crear una sombra de tragedia que no nos abandonará nunca a pesar de las grandes hazañas que estamos presenciando. Incluso cuando los dos amantes se conocen se dicen las siguientes palabras de Medea: “Y a ella por dentro se le desbordaba el ánimo al oírlo. Sin embargo se estremeció temerosa de ver acontecimientos sombríos”. Y más adelante un oráculo le presagia el aciago destino eliminando así cualquier sombra de duda: “Creo que tú no por mucho tiempo eludirás la grave cólera de Eetes”. Todo un juego, como ven, con las espectativas del lector, que nos crea la intriga de hasta qué punto se desarrollara la trama y no nos deja terminar de alegrarnos por la suerte de los amantes, dejando un gusto amargo en las victorias por ellos conseguidas.
El vellocino sigue allí para nosotros, en una épica tremendamente moderna, y sus doscientas cincuenta páginas no pueden ser un obstáculo para que nos hagamos con él.
19/4/10
Los detectives salvajes

El mejicano Ulises Lima y el chileno Arturo Belano viajan perdidos por el mundo. En otro tiempo fueron amigos, los líderes de un renacido movimiento literario en Méjico llamado el realismo visceral, pero ahora hace ya mucho tiempo que el uno no ve al otro. No sabemos qué los ha distanciado tanto pero tampoco podemos dejar de seguirlos. Los dos parecen marcados por un sino fatal. Lima parece arrastrarse por el mundo más que vivir y Belano busca su propio fin de forma constante. Cuando vivían en Méjico eran importantes dentro de su círculo, había gente que los seguía, personas que los admiraban. Ahora todo eso ha acabado y sus vidas se han visto condenadas al anonimato: quizá quemaron todos sus cartuchos cuando todavía eran demasiado jóvenes. Entonces tenían amores pasajeros que nunca llegaron a importarles demasiado, ahora son incapaces de retener aquel que querrían conservar para siempre; entonces la falta de dinero no parecía afectarles, ahora apenas les alcanza con el que tienen para seguir viviendo al día siguiente. Sólo una cosa parece no haber cambiado: el sexo como motor de sus vidas y de las de todo aquel que se cruza con ellos, el sexo como objetivo y al mismo tiempo como elemento intrascendente que siempre está ahí, que siempre nos acompaña, y como vehículo y representación última del amor.
Todo lo que podemos llegar a saber de ellos es sólo a través de terceras personas, pues a pesar de ser los líderes de su movimiento literario, los auténticos creadores cuya escritura el resto trata de seguir, ninguna página de su puño y letra nos ha llegado, y sus existencia se ha vuelto difusa, irreal, al ser lo único que tenemos las palabras de otros que aseguran haberlos conocido.
En su deambular por el mundo la vida ha demostrado ser más fuerte que cualquier amistad que los hubiera unido y ahora uno ya casi ni sabe quién es el otro. Ya no se tienen el aprecio que se tuvieron, incluso han llegado a insultarse en la distancia. Ni los amores que les cambiaron han sido capaces de hacer frente a la vida, han sido abandonados por ellos y sólo la poesía parece ser eterna compañera.
Sólo uno de ellos regresará al punto de origen al finalizar su viaje, no hace falta decir quién, su nombre lo delata, sólo uno volverá a ser amigo de los que ya lo fue en su juventud, el otro sencillamente se perderá y se convertirá en leyenda, ya nadie podrá volver a dar noticias de su paradero y cada vez que se hable de él seguirá teniendo la misma edad que la última vez que de él se supo. Así su nombre se convertirá en una leyenda fugaz para aquellos que lo conocieron, pero para nadie más, pues sus poemas parecen haber sido tragados por la tierra que nunca devuelve lo que se lleva, y nada quedará de ellos, tan sólo una historia imprecisa y ya demasiado teñida de irrealidad.
17/4/10
Malas ventas

Este es más o menos el planteamiento con el que se inicia la historia de Malas ventas. A partir de ahí, argumentalmente, es obvio que lo que nos encontraremos será una amalgama de situaciones cotidianas como las que pueden darse en la vida de cualquier persona. Pero es que el cómic no pretende ofrecernos una historia impactante, sino más bien una serie de personajes para que nos identifiquemos con ellos (o no lo hagamos). Un detalle curioso es que, si bien Sherman se presenta desde un principio como el protagonista de la historia, lo hace en parte como un truco narrativo (ya bastante manido), en parte porque resulta más sencillo que un solo personaje lleve el peso de la historia. En realidad la novela no trata sobre él, sino sobre las vidas de todos los personajes mencionados en ese período de tiempo. Las situaciones se sucederán unas a otras, y veremos como muchas de ellas no afectan a Sherman, por lo que, conforme avance el relato, lo iremos desechando como protagonista en favor de Ed, que irá adquiriendo un protagonismo cada vez mayor y que finalmente se acabará revelando como el narrador de la historia. Pero ninguno de los personajes destaca realmente sobre los demás y ninguno es tampoco idealizado, todos tienes sus elementos negativos y positivos, lo que los mantiene en el plano de la realidad y provoca que el proceso identificativo del lector no se dé con ninguno de ellos en concreto, sino que cada lector puede escoger a su "héroe".
Resulta chocante también cierto rencor que Robinson parece tener contra el mundo de la literatura. De sobra es conocido que hasta hace bien poco el mundo del cómic no era considerado como literatura seria, y todavía no lo consideran así muchas personas. Esto parece molestar sobremanera al autor, y para explicarlo avisaré que a partir de aquí debo desvelar el final de la historia. Por un lado tenemos a Sherman y a Dorothy, escritores del "mundo serio". Del primero sabemos por los muchos fragmentos que leemos a lo largo de la novela que no tiene ningún talento aunque él no parezca darse cuenta y de la segunda que perderá su trabajo y nunca más volverá a encontrar otro en el que pueda escribir, no siendo felices al final ninguno de los dos en su vida en común. Al contrario les sucede a Jane y a Ed, pues los dos acabarán publicando y prosperando en el mundo del cómic, con la consiguiente felicidad familiar. Parece este final una especie de venganza contra ese mundo literario que relega los cómics al desierto de los objetos sin importancia. Además, durante la novela entraremos varias veces en el librería en la que Sherman trabaja, lugar siempre opresivo, lleno de libros y cultura de la que nadie parece saber nada; todos los clientes compran a ciegas, sin saber muy bien qué, como seres analfabetos que se han perdido y nadie entiende cómo han llegado hasta ahí. Sin embargo la tienda de cómics es un lugar agradable donde pasar ratos libres, encontrar cosas que les gustan y lleno de gente qué sabe lo que ha ido a buscar. Parece, como digo, una venganza del mundo del cómic contra el de la literatura "seria". Esta madurez alcanzada por el cómic se hace presente en la batalla que Flavor, el jefe de Ed, lleva a cabo para recuperar los derechos del personaje que creó hace años, y que presenta un pasado infantil, frente a un presente más adulto representado en los nuevos valores que constituyen Jane y Ed.
Toda la historia está muy bien llevada y en ningún momento se hace larga ni pesada a pesar de sus 600 páginas, si bien es cierto que en su afán por desarrollar todos los personajes por separado, en ocasión damos con escenas sobrantes, incluso teniendo en cuenta que estamos en una historia en la que prima la diversidad más que otra cosa.
11/4/10
Los mares de Wang

No sorprende por su calidad literaria (de hecho, tiene un par de detalles que no terminan de convencerme) ni tampoco pretende (o no lo parece) ser una narración novelística, aunque en ocasiones invada los terrenos del género. Sin embargo resulta una lectura muy interesante y a todas luces recomendable.
Si bien se trata de un libro de viajes, no participa demasiado de la literatura de ese género, aunque conserve sus esquemas. Así, en unos capítulos divididos por ciudades (cada capítulo una ciudad), al principio de cada uno se nos hace una descripción del lugar sembrada por detalles de su historia y sus costumbres (al más puro estilo de César), sentencias del Yijing y enseñanzas de Confucio, amén de los ineludibles contrastes con las pretensiones de Mao Zedong.
El problema viene dado por la estructura novelística que en principio parece plantear el libro, y que será traicionada allá por la página 200. Me explico (y al hacerlo advierto que esto podría constituir un spoiler, así que quien no quiera saberlo mejor que salte al párrafo siguiente). Cuando la narración comienza se nos avisa veladamente de que vamos a asistir a la evolución de la relación entre los dos protagonistas, Gabi y Wang, relación que viene reforzada por el propio título del libro. Sin embargo pronto asistiremos a la ya clásica (o más bien manida) revelación del engaño: Wang desaparece de escena y todavía nos quedan más de 300 páginas por delante. Es esa artimaña la que nos puede hacer decaer en la lectura, pues de repente tenemos entre manos una historia que no es la que esperábamos, y lo peor es que es un truco que en este caso resultaba del todo innecesario pues todas las espectativas puestas en el relato venían dadas por su engañoso título y las pretensiones narrativas insinuadas en su comienzo. Sin embargo la historia continúa de manera que nos resulta bastante sencillo olvidar al guía que da título al libro.
Por lo demás se hace un retrato que resulta más que interesante de la sociedad china, revelando un choque constante con la occidental que queda todavía más evidenciado cuando aparecen personajes occidentales en el relato. Estos relatan su vida allí, describiendo las costumbres locales (hay que tener en cuenta que la mayoría de ellos habitan en Shanghai, Hong Kong y Macao) y agigantando las diferencias con sus países de origen. La parte más interesante viene dada por las descripciones que hacen que las ciudades cobren vida, convirtiéndose en las verdaderas protagonistas, y como en algunas de ellas aparecen personajes que cuentan bien sus vidas, bien sus peripecias actuales y que constituyen toda una serie de cuentos que riegan la “novela”.
No sabría si recomendarla por la aproximación a esa cultura que va a constituir casi con seguridad el centro de nuestro ya no muy lejano futuro económico, por la información que nos ofrece también de la historia china en muchas ocasiones, por los constrastes tan estudiados en las aclaraciones de muchos aspectos de su política, o porque constituye una colección de relatos interesantísima, que muestra cómo el entorno se va occidentalizando cada vez más conforme se avanza hacia el sur.
6/4/10
Tierra de sueños

Las relaciones familiares parecen también tener un lugar preeminente en la obra de Taniguchi. El título que nos ocupa se compone de cinco relatos: Tener un perro, Y... tener un gato, La vista del jardín, Los días de los tres y La tierra prometida, y como he dicho la relación entre los miembros de la familia es la que articula los relatos, mostrando cada uno de ellos una situación tan habitual como diferente. En ellos los animales domésticos aparecen retratados como miembros de la familia en lo que se transforma en una especie de crítica social contra una sociedad que cosifica a las personas. Las encrucijadas en las que los protagonistas se encuentran con respecto a sus mascotas pueden ser fácilmente extrapoladas a las que tarde o temprano todos encontramos en el seno de nuestras familias y ante las que no siempre actuamos con tanta humanidad como la que aquí encontramos. En el primero de los relatos asistimos a la enfermedad y muerte de un miembro de la familia (sí, el perro), con todos los sacrificios olvidados que eso supone. En Y... tener un gato quedan de relieve los sentimientos encontrados ante la llegada de un nuevo miembro a la familia, por medio de una especie de adopción esta vez. En La vista del jardín la familia crece y, al mismo tiempo que se sigue humanizando a las mascotas, se las trata como tales, al enfrentarse al problema de tener que separar a los gatitos de la camada que acaba de nacer, entrando así en una especie de lucha entre la lógica y los sentimientos, con la victoria de estos últimos en contra de lo que tantas veces sucede en la actualidad. A partir del penúltimo relato las mascotas son dejadas a parte para mostrar ya sin metáforas de ningún tipo la importancia y complejidad de los lazos familiares y afectivos frente a las aspiraciones personales, tema que se repetirá en el último relato del tomo.



