
24/3/11
Asesinato en el Comité Central

25/2/11
Riña de gatos

EDUARDO MENDOZA, Riña de gatos, Madrid 1936
Hace ya tiempo que leí Riña de gatos y no me había atrevido todavía a reseñarlo pues, a pesar de haberme dejado muy buen sabor de boca, visto después con un poco de perspectiva no sabía muy bien a qué se debía mi visión favorable de la novela. Yo nunca había leído antes un premio planeta, no porque les tenga especial tirria, sino porque sencillamente no lo había leído: no los denuesto pero el premio tampoco me sirve de aliciente para leer el libro (sobre todo para comprarlo). Pero en esta ocasión el premiado era uno de mis autores españoles favoritos, así que no podía dejarlo pasar como había hecho con el resto. Por las venas de Eduardo Mendoza más que sangre corre novela y muy pocas veces me ha decepcionado (de hecho la única novela suya que me dejó un gusto bastante amargo fue La isla inaudita), así que no veía por qué iba a hacerlo ahora. Así que lo compré, lo leí, y de esto hace ya más de un mes.
La novela recuerda superficialmente a sus comienzos con La verdad sobre el caso Savolta, pero una vez superada esta primera capa lo cierto es que nada tiene que ver con aquella. Aquí Mendoza utiliza su habitual prosa ligera aunque con un vocabulario siempre muy preciso (creo que es el único novelista en cuyas novelas encuentro la palabra “parterre” casi por sistema) y con una sintaxis clara y perfecta. También nos ofrece su habitual sentido del humor dirigido al lector avezado por medio de equívocos y un léxico en ocasiones chocante. Nos entrega una novela fluida, que jamás pierde el ritmo, que no recurre a trucos engañosos para sorprender al lector (quizá un poco en la resolución final de la autoría del cuadro), que ataca y defiende en ocasiones a los dos bandos burlándose así de las simpatías “políticas”. Pero nos ofrece sobre todo dos cambios. El primero y más evidente, un cambio de localización: hemos abandonado Barcelona para irnos a Madrid, y para quienes como yo estamos acostumbrados a identificar a mendoza con la ciudad condal esto resulta en ocasiones confuso. El segundo cambio se da en el nivel del narrador, que en las novelas de Mendoza nunca había interferido en la historia para dar opiniones al margen de ésta, y aquí lo hace por primera vez provocando cierta sorpresa.
Me reafirmo en mi opinión de que es una buena novela, aunque ni mucho menos de las mejores de su autor, pero me quedo también con esa duda interna que me produce no poder explicar el porqué de su bondad, salvo por la falta de argumentos para hablar mal de ella, pues no hay ninguna pega que pueda ponérsele.
1/12/10
El maestro de esgrima
Así que entenderán mi sorpresa al leer, por fin, una novela como esta de manos de su autor. Lo primero que asombra, y más en el cúmulo de despropósitos que suele ser a este respecto la novela actual (hablo de la consabida por todos, pues, por fortuna, sigue habiendo grandes narradores), es que en El maestro de esgrima nada sobra, cada frase tiene su razón de ser en la historia, lo que hace que el lector pueda, si lee con atención, ir figurándose cómo acabará la aventura, aunque manteniendo la obligatoria sombra de duda para no sacrificar los debidos tensión y misterio. También las tertulias políticas del café, que al principio parecen molestarnos pues entorpecen la narración de la historia del maestro y su pupila, que es lo que nos interesa, son necesarias para dar cabida a lo que surgirá cuando el marco de la historia se habra. A Javier Marías, soberano al que sirve el "Duke of Corso", siempre le han preguntado, debido al complejísimo discurso literario de sus novelas, si tiene un esquema preciso que seguir de toda la novela antes de comenzar a escribirla, a lo que él siempre responde que nunca escribiría una novela en la que ya supiera todo lo que va a ocurrir, pues eso sería aburridísimo (ya lo hizo una vez con un cuento, asegura, y deseaba acabarlo lo antes posible pues no le gustó nada la experiencia). Reverte en ocasiones ha sugerido cosas parecidas, aunque resulta difícil creer que, en el caso que nos ocupa, no conociera al menos el final de su historia para poder orquestarlo todo a su alrededor con tanta eficacia. Incluso, sin renunciar a este mecanismo casi de relojería, se permite el lujo de ir dejándonos reflexiones sobre la época que nos ha tocado vivir.
Jaime Astarloa es el solitario protagonista de esta a ventura y, a pesar de parecer sacado de otra época (incluso para la narrada en la novela), con todas las virtudes que hoy en día serían vistas como defectos, consigue arrancar nuestras simpatías. Sobre todo porque se contrasta perfectamente con el resto de personajes, pertenecientes todos a una sociedad corrupta en al que la política no pasa de ser una profusa palabrería para lucrarse (¿les suena de algo?), y donde incluso el que tiene los ideales más nobles (sangrientos pero nobles, al fin y al cabo) es de inmediato corrompido al más mínimo contacto con el poder. Y claro, ante este panorama la otra opción es identificarse con esa corrupta clase política, cosa que a nadie agrada, sobre todo en este preciso momento en el que ese discurso vuelve a ser tan actual, sin distinguir clases ni colores.
Por otro lado, el aspecto negativo está (como siempre) en el personaje femenino que sirve de contrapunto al protagonista, construido una vez más a base de tópicos y del todo vacío de contenido: hermosa, misteriosa y malvada. Lo hemos visto antes con el nombre de Angélica de Alquézar, Tánger Soto o Teresa Mendoza. Realmente es lo único que le falta a esta novela para ser del todo redonda. ¡Ah! Y en la solapa sale la foto de Reverte afeitado y con gafas, que siempre viste más que ese académico barbudo que se ha colado en sus últimas novelas.
13/3/10
Tu rostro mañana

Parecía que Mañana en la batalla piensa en mí se había erigido como la mejor novela de Javier Marías y que ninguna otra iba a desbancarla de ese puesto, y de hecho hemos tenido que esperar bastante a que eso sucediera, con la aparición de la descomunal Tu rostro mañana, en la que Marías vuelve a echar mano de una frase de Shakespeare para su título. En ella se narra un nuevo capítulo en la vida de Jacobo, Jaime o Jacques Deza, personaje que ya nos había acompañado en anteriores novelas del autor. Tupra, un oscuro hombre inglés, conoce a Deza en una de las fiestas que acostumbra a dar el amigo de ambos, Sir Peter Wheeler. En ese momento Tupra se dará cuenta de que Jaime posee la extraña habilidad de saber hoy cómo serán mañana los rostros de las personas, es decir, que es capaz de averiguar cómo se comportaría cada persona en diferentes circunstancias. Como muy bien explica Tupra, una persona es buena porque su vida le ha permitido serlo, pero, ¿seguiría siéndolo si se viera involucrada, por ejemplo, en una guerra? Por este motivo lo contrata para formar parte del MI6 como"lector de personas", un lector capaz de saber cómo terminará el libro saltándose las páginas intermedias.
De esta manera Marías sigue indagando en las relaciones interpersonales y en el comportamiento social, convirtiendo a Jaime Deza en una especie de alter ego de sí mismo, salvando siempre las distancias literarias, claro está. Marías siempre ha cargado sus tintas contra aquellos franquistas que una vez llegada la democracia parece que siempre fueron demócratas, y argumentan, algunos de ellos, que en aquella época había que actuar como actuaron para salvar el propio pellejo. Él siempre expone como contrapartida a su padre Julián, cuyo "rostro" continuó siendo el mismo a pesar de las vicisitudes, mientras que el de aquellos cambió. Pero a Marías parecen haberle entrado dudas sobre su propio "rostro", que a pesar de haberse mantenido íntegro hasta ahora, lo ha hecho sin vicisitudes que pudieran provocar ese cambio. Y ese influjo externo aparece para Jaime Deza a lo largo de las páginas que nos ocupan, y logra hacer mella en él, motivo por el cual Tupra, también excelente "lector de personas", lo había elegido para el trabajo: quería no a Jacobo, sino al tipo en el que se convertiría.
El padre de Jaime resulta ser un alter ego casi perfecto de Julián Marías, un tipo que sufrió la violencia de la Guerra Civil, la de la posguerra y que incluso fue denunciado por su mejor amigo, pero que nunca permitió que su integridad se viera afectada. Jaime está familiarizado con esas historias de violencia, la ha oído muchas veces, pero nunca las ha vivido. No, al menos, hasta entrar a las órdenes de Tupra. Entonces sus transformación para por dos fases. En una primera se ve envuelto en una violenta paliza contra un compatriota suyo, y no participa pero tampoco la detiene. Su firme actitud social se ve mellada y queda sin argumentos para defenderla, dando un giro a sus convicciones: no nos volvemos violentos cuando las circunstancias nos obligan, sino que lo somos y sólo las circunstancias sociales nos mantienen apaciguados. Y pone vívidos ejemplos del franquismo y el nazismo: las circunstancias sociales se lo permitieron y se volvieron monstruos.
En la segunda fase él mismo es el artífice de esa violencia, pero no una violencia repentina, sino calculada en cada uno de sus pasos, con un nivel de amenaza creciente destinado a provocar el terror en su víctima. Así, Jaime se descubre tal como es y tal como "sería si...", y Javier Marías parece confesar que no, él no es tan bueno como su padre, pero es capaz de afrontarlo y responder por ello, cosa de la que tantos hoy en día escapan.
4/11/09
El capital
3/9/09
Crónicas de la guerra civil

Leyendo este libro da la sensación de que Miguel Hernández fue un ingenuo toda su vida. Cada uno de los artículos que componen el libro, no es tanto una crónica de la guerra, sino más bien una arenga para animar a los republicanos a participar en ella para detener a los fascistas. Ese es el término que utiliza él, fascistas, lo que produce cierta media sonrisa por sus palabras, que a pesar de buscar una gran fuerza, no dejan de tener cierta ingenuidad. Por otro lado él anima a la guerra no sólo a los soldados, sino que llama al frente a todos los republicanos que no están en él.
No es una joya literaria pero da un reflejo bastante exacto de su personalidad: un soñador dispuesto siempre a sacrificarse por sus hermanos, pero exigiendo también ese sacrificio por parte de ellos, siempre queriendo hacer el bien pero parece que sin un sentido demasiado crítico por las acciones de sus compañeros.
En conclusión, Hernández es mejor poeta que periodista, pero hay que tener en cuenta que no estamos ante crónicas periodísticas de la guerra como indica el título, sino ante auténticas arengas militares.
Mención aparte merece la edición realizada por el diario Público, que a pesar de tener un aspecto externo muy bueno y estar físicamente muy bien hecha, muestra un profundo desprecio por el texto que en ocasiones llega a contener hasta cinco erratas por página.
27/8/09
Persepolis 2.0


